REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Margarita García Robayo: “Quiero ser escritora”

Margarita García Robayo

Por Ana Paolini

Margarita García Robayo nació en Cartagena, Colombia. Realizó trabajos como periodista para el diario Clarín, Crítica y varias revistas latinoamericanas. Actualmente se desempeña como escritora y directora de la Fundación TEM. Escribío los libros de cuentos Hay ciertas cosas que uno no puede hacer descalza, Las personas normales son muy raras y Orquídeas, y la nouvelle Hasta que pase un huracán. Acaba de recibir la beca literaria Han Nefkens por su proyecto “Gente que pasa y se va”. El objetivo es cursar un master en creación literaria durante un año y desarrollar una obra que será publicada.

Hace poco ganaste la Beca Literaria Han Nefkens. ¿Tu proyecto tiene algo que ver con tu historia personal reciente?

Tiene todo que ver, pero creo que lo mismo podría decirse de la mayoría de cosas que uno escribe. En mi caso puedo decir que mi primer libro de cuentos tuvo una búsqueda más técnica que personal y quizá por eso lo siento tanto más lejano que lo que siguió. Después casi todo lo que escribí –esté publicado o en el disco duro– se inscribió más en esta tradición de exprimir las propias obsesiones, las pequeñas fisuras personales, de alimentarse de esas pequeñísimas conmociones que se producen al mirar detenidamente el entorno más cercano. Quizá envejecí y perdí el pudor, o quizá me “aporteñicé”. O ambas.

¿Cómo decidiste venir a la Argentina? 

Trabajaba en una fundación de periodismo –la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo– y debía viajar mucho por Latinoamérica, lo que hizo que me interesara especialmente en esta región como escenario de trabajo y de escritura. Cuando decidí dejar mi trabajo me quise instalar en alguna capital de América Latina que me permitiera escribir y vivir bien con poco. Mis ciudades latinoamericanas preferidas eran entonces Buenos Aires y México. Y en ese momento la crisis argentina –con perdón– me vino bárbara, porque acá la plata me iba a rendir más. Mi plan era freelancear para revistas de afuera para poder cobrar en dólares, pero al final me ofrecieron algo mejor: hacer un blog –en ese momento hacer blogs todavía era algo así como disrruptivo– sobre América Latina en Clarín digital. Sudaquia, se llamó. Y eso me hizo decidirme e instalarme, felizmente, acá.

¿Cómo llegaste a la dirección de la Fundación TEM?

En esa Fundación que trabajaba antes –la de GGM– conocí a Tomás y a otros grandes maestros del periodismo. Con Tomás tuve una relación de amistad súper valiosa. Él era un hombre muy generoso y conmigo lo fue en distintas circunstancias. Así que cuando surgió la idea de hacer una fundación que llevara su nombre y que además tuviera como misión  apoyar a jóvenes escritores yo misma fui y me ofrecí para el trabajo.

¿Cómo se fue desarrollando en vos la dinámica entre literatura y periodismo?

Yo estudié periodismo porque no quería estudiar derecho y necesitaba una excusa para dejar la carrera. Igual hice ambas porque soy traga. El caso es que después descubrí que el periodismo me iba a servir –si acaso– para ganarme la vida, pero no para hacer lo que quería hacer: literatura. Es decir, valoro muchísimo el periodismo narrativo (o crónica, como le llaman), creo que es un género literario con entidad propia y creo que hay referentes valiosos que sostienen el género y lo engradecen (Tomás Eloy Martínez, por poner un ejemplo cercano), pero debo decir que para mí siempre fue un subterfugio. Lo ejercí poco y con mucha culpa. No me gusta reportear, no me gusta entrevistar gente, la interlocución se me da con muy pocas personas. Mejor dicho, el periodismo me da culpa y la literatura me da placer. No soy periodista y no pretendo serlo. Quiero ser escritora.

En una entrevista dijiste que el Nobel se lo deberían dar a los guionistas de las series estadounidenses. ¿Qué relación encontrás entre la literatura contemporánea y las series estadounidenses?

Lo dije en un momento en el que me había generado una adicción importante a cierto tipo de series. En los últimos ocho, diez años consumí muchísimas series y prácticamente dejé de ir al cine. Sí creo que hubo tres o cuatro grandes series que le aportaron mucho al lenguaje narrativo contemporáneo y que generaron un cambio importante en el modo de consumir televisión de cierto público no televisivo. Me incluyo ahí. No hablo de las series más clásicas, tipo capítulos unitarios que se apoyan en un personaje fuerte (Dr. House, Inspector Morse, etc) o en un tema susceptible de ser hiper explotado (ER, Law and oder). Hablo de las series que se desarrollan al modo de las grandes novelas: apostando a las divergencias, produciendo transformaciones paulatinas en los personajes, profundizando  en los universos respectivos y consiguiendo, lógicamente, un nivel de implicación muy contundente por parte del espectador. Hablo de The West Wing, The Sopranos, The Wire, Mad Men, y quizá alguna más. Lo que me pasa ahora es que siento que el formato un poco me agotó. No estoy viendo nada que me atraiga demasiado y curiosamente volví al cine. Y ahora encuentro que el lenguaje televisivo más burdo (el que apuesta 100% a la tensión, el que no hace grandes propuestas estéticas) ha penetrado en algunas películas y eso me parece penoso… Pero ése es otro tema.

¿Tenés algún plan o expectativas futuras posteriores a la beca? ¿Volvés a la Argentina?

En principio sí. Argentina es el lugar que elegí para vivir, podré irme cada tanto por temporadas, pero creo que siempre voy a volver.

Orquídeas puede leerse como la continuación de Hasta que pase un huracán y tengo la impresión de que tus otros dos libros Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza y Las personas normales son muy raras también son un conjunto de experiencias ficcionales que pueden verse como posteriores. ¿Hasta que pase un huracán es una novela autobiográfica?

Es curioso lo que dices porque Orquídeas y Las personas normales son muy raras (distintas versiones o “curadurías” de un mismo conjunto de textos), son bastante previas a Hasta que pase un huracán. Fueron, en su mayoría, textos que publiqué en la contratapa del diario Crítica y que tenían un fuerte componente autobiográfico porque así lo exigía la premisa de la sección –se llamaba “La ciudad de la furia” y la compartía con Washington Cucurto–. Hasta que pase un huracán no es autobiográfica, pero es un relato catárquico: está escrito desde la necesidad de intervenir en una situación puntual. Quiero decir, la protagonista de Hasta que pase un huracán no tiene mucho que ver conmigo en términos de caracterización, pero los temas que atraviesan la nouvelle son temas que me implican y sobre los que me interesa seguir indagando: el Caribe, la necesidad de huir, la cuestión identitaria, la mirada hacia Estados Unidos, la pertenencia y la no pertenencia, la poética del desplazamiento. Por mencionar algunos.

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Esta entrada fue publicada en 28 mayo, 2013 por en Entrevista y etiquetada con , , .

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