REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Evolución femenina

MM III

 

Por María Victoria Moreno

Mucho se dijo sobre la migración de actores, productores, guionistas y directores del cine a la televisión (Kevin Spacey en House of Cards, como protagonista y productor, Claire Danes como personaje principal de Homeland, Joel Schumacher como director de, también, House of Cards, Sean Bean personificando a Ned Stark en Game of Thrones, entre otros múltiples ejemplos). Para Mad Men el nombre de renombre, valga la redundancia, es Matthew Weiner, guionista de la sexta y séptima temporada de The Sopranos y creador, guionista, productor y director de Mad Men. ¿Qué implica dicha migración? Que los productos televisivos resultan, actualmente, más rentables y atractivos que los largometrajes hollywoodenses: los guiones son sólidos, los personajes resultan complejos y bien elaborados, las actuaciones –suelen ser- impecables y la entrega de un episodio por semana permite una exposición constante del producto, que el espectador quede a la espera de la nueva temporada cuando la anterior se acaba. Posibilita, en otras palabras, una mayor fidelización del consumidor.

Mad Men es una gran serie. Y la elección del adjetivo no es casual. “Gran” no significa nada y, por lo tanto, significa todo; es una descripción tan abarcativa que termina perdiendo sentido. Y, sin embargo, de Mad Men se pueden pensar varias características posibles de ser calificadas como ‘grandes’. Antes que nada, su actor protagónico, Jon Hamm. Poco conocido e, inclusive, poco exitoso antes de conseguir el papel de Don Draper, su actuación resulta inmaculada. Personifica a un exitoso creativo publicitario durante los años 50 e inicios de los 60. Don es un hombre profundamente conflictuado, sea por su infancia –hijo de una prostituta muerta durante el parto y un alcohólico, los tíos que lo apadrinan, abusadores-, como por su experiencia durante la Guerra de Corea o por la mentira que mantiene su vida en pie: el robo de la identidad de un general durante el conflicto. Podríamos también mencionar la grandeza en la impecable ambientación, el vestuario, la fotografía, la atención en el detalle –hasta las revistas que leen son, efectivamente, publicaciones de la época. Pero hay algo sumamente atractivo de la serie sobre lo que aún no se ha puesto el suficiente énfasis: las mujeres. La presencia femenina es constante: Don está rodeado de mujeres, sus socios lo están, en las oficinas de la agencia circulan permanentemente. Pero, a pesar de su omnipresencia, resultan accesorias. Las mujeres, en los 50, son un accesorio: son bellas, están siempre de punta en blanco, saben cocinar y siempre tienen la comida lista y a los hijos durmiendo cuando el marido llega a casa. Siempre dispuestas a tener sexo cuando su pareja lo requiera, no desean a nadie más que a su esposo y su actividad cotidiana gira única y exclusivamente en torno a las tareas del hogar. Pero aquí es donde reside una de las mayores grandezas de Mad Men: se ocupa de desmitificar esa imagen o, al menos, de contraponerla con otras posibles realidades.

MM IV

Quien cumple la función de “mujer accesoria” durante las primeras cuatro temporadas es Betty, esposa de Don. Ella es perfecta: rubia, alta, delgada, ojos claros, ex modelo, cría a sus hijos estrictamente, prepara la cena todas las noches, es amable con sus vecinos y desea con pasión a su marido. Pero ya desde la primera temporada esta superficie de perfección se ve erosionada. Betty recurrirá a un psiquiatra (en los 50 pagarle a un médico para el mantenimiento de la salud mental no era algo común y tampoco bien visto) a partir de un temblor esporádico que la aqueja. Esa somatización esconde todas las imperfecciones que Betty tanto se esfuerza por disimular: las sistemáticas aventuras extramaritales de Don, el duelo no resuelto por la muerte de su madre y, por lo tanto, el abandono obligatorio de su niñez, la incómoda presencia del hijo de una vecina divorciada, la atracción que siente por otro hombre –quien se transformará luego en su segundo esposo-, el eventual hallazgo de la doble identidad de su marido, descubrimiento que precipitará el divorcio. Es a partir de la separación que Betty perderá su perfección: engorda, reemplaza el color rubio del pelo por un azabache furioso, se inhibe sexualmente frente a un segundo marido quien afirma seguir deseándola a pesar de su sobrepeso.

Joan y Peggy, en cambio, funcionan como contraejemplo. Ellas trabajan, no tienen hijos –no al comienzo de la serie, al menos-, pretenden ascender posiciones en la agencia y logran hacerlo. Su prioridad no está dentro del hogar sino fuera de él, eligen la satisfacción narcisista no a partir del marido que las mantiene y los hijos que la respetan sino que la construyen a partir del mundo del trabajo: aunque sean mujeres, forman parte del mundo laboral, lo comparten con hombres y desafían sus posiciones de poder. Y, sin embargo, por detrás de esta imagen de autosuficiencia sigue existiendo un tufillo de insatisfacción: de Peggy se intuye un enamoramiento por Don que nunca será concretado. Y Joan, atractiva y provocadora, logra conseguir un verdadero avance en su situación laboral a partir de ofrecerse ella misma como mercancía, gracias a un encuentro sexual con un cliente de la agencia. Logran salir de los estándares de la época, presentarse como “mujeres modernas” pero a un costo en absoluto bajo.

MM

Megan, segunda esposa de Don, funcionaría como un último ejemplo. En una posición intermedia entre Betty y Joan y Peggy, Megan cumple los requisitos de ambos bandos. Conoce a su marido como su secretaria personal en la agencia. Aunque con una prometedora carrera en la publicidad, Megan prefiere abandonar la compañía para dedicarse a la actuación. Luego de una serie de interpretaciones fallidas, logra dar con un rol protagónico en una telenovela que le permite, por un lado, estabilizarse en el plano laboral pero que, por el otro, la aleja de Don.

Que el rol de la mujer comienza a modificarse a partir de los 50, proceso que se acentúa durante los 60, es historia conocida. Que esas son dos décadas convulsas desde el punto de vista social tampoco es nuevo: los movimientos anticolonialistas africanos; el social-guevarismo latinoamericano; la efervescencia hippie/antibélica estadounidense; los levantamientos juveniles en Francia, Italia, República Checa. Pero, si nos mantenemos dentro del mundo que nos propone Mad Men, entre tanta revolución, minifalda, sexo libre y mujeres fuera de casa, ¿dónde queda el hombre? ¿Qué pasa con Don? Su lugar seguro está con Betty, es ahí donde se siente cómodo. Él es un hombre tradicional: le gusta entrar a casa y encontrarse con la cena recién servida; le gusta que su mujer lo desee ciegamente a pesar de las infidelidades; le gusta que todas lo deseen y a él le gusta desear a todas. Pero Don queda rezagado. Con Megan no termina de entender cómo funciona la nueva dinámica matrimonial y le molesta que reconozcan a su mujer por la calle, le molesta que su mujer tenga que besar a alguien porque su trabajo lo requiere. Don no entiende la renovación y, al no saber cómo adaptarse, elige ir con la corriente, procurando mantener lo que sí quiere conservar –el plato caliente cuando llega a casa, la mujer bella y siempre lista, la libertad para acostarse con quien y cuando quiera- e ignorar aquello que no lo convence -Megan besando a otro hombre frente a cámara, Megan exhibiéndose en su fiesta de cumpleaños-. Semejante reacción no puede resultar extraña: siempre y cuando todo siga igual en lo que le convenga, ningún hombre va a poner demasiada atención en entender qué sucede alrededor. Quedará pendiente conocer la reacción de Don cuando sea Sally, su primogénita, quien comience a practicar sexo libre, use minifaldas y pida delivery en vez de cocinar.

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada en 6 junio, 2013 por en Nota y etiquetada con , , .

Archivos

Follow REVISTA DAMASCO on WordPress.com

A %d blogueros les gusta esto: