REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Yo sobreviví a la Carretera de la Muerte

carretera de la muerte

Por Guillermo Tangelson

No. No es una de Tarantino. No hay Cadillacs o tiros, ni Travolta hablando de la Royale with cheese. Simplemente está ella, la carretera de la muerte, el camino con mayor índice de muertes de América, el acantilado y yo en un colectivito destartalado que se abre camino en la jungla. El lodo y las cascadas que atraviesan el camino de montaña de una Bolivia tropical y desconocida completan el panorama.
En los mapas, queda a apenas 45Km de La Paz. Tomás un colectivito en el centro y en un rato llegás a Coroico, un hermoso poblado colonial rodeado de cascadas, montañas y magia. Esos mismos mapas muestran un camino zigzagueante que rodea las montañas, pero no menciona tres detalles para nada menores:
1) Es un camino de tierra apisonada que, dependiendo de la cantidad de lluvias, a veces se vuelve intransitable;
2) Tiene una sola vía y, por lo tanto, obliga al conductor que sube a retroceder hasta alguna “banquina” cuando se le viene encima algún vehículo desde arriba. La banquina es apenas un trozo de tierra de un par de metros de ancho pero, hay que decirlo, los choferes retroceden hasta ahí con una destreza digna de Rápido y Furioso.
3) A pocos centímetros del camino hay cientos de metros de un insondable abismo.

Bueno, esa es la presentación para asustar a los más impresionables que no se contradice con ésta: el camino se abre paso entre majestuosas montañas y exuberante vegetación; baja de la altura de La Paz, de estar literalmente entre las nubes, a un cálido clima amazónico.

carretera_muerte

Te puede tocar la suerte de viajar justo atrás del conductor y que justo ese día lo visite un amigo o pariente con ganas de conocer la historia de La Carretera de la Muerte. Si te pasa eso, vas a tener el privilegio de escuchar durante tres horas la historia de cada una de las miles de coloridas cruces que bordean el camino. Y digo “privilegio” sin ironía, porque cada historia tenía cierta justicia poética: uno había caído con su camión porque se puso codicioso y manejó dos días sin parar; otro salió pese al mal clima; aquel estaba borracho; aquel dormido; ese de allá no tenía experiencia. Y así pasaban las cruces. Me pregunté vagamente si había algún irónico motivo que justificara mi muerte y por fortuna no encontré nada digno de mención. Así que disfruté del paisaje y del abismo.

La gran pregunta es si vale la pena semejante riesgo para conocer un pueblito de no más de siete cuadras, si vale haber contraído salmonela en Arequipa y haber perdido siete kilos en tres días por haber tomado un vaso de jugo de maracuyá. Y sí, vale la pena, de lo contrario, no les estaría contando todo esto. Coroico tiene la primera población de afro-bolivianos. Una exótica mezcla sólo entendible por la perversidad de los Conquistadores, que trajeron esclavos de Africa para trabajar en las minas de Plata de Potosí y, como los africanos no se bancaron el clima, los mandaron a esta zona a plantar coca para que los indígenas locales, virtualmente esclavizados, pudieran mascar la coca que plantaban los esclavos africanos y aguantar más tiempo sin pedir comida o agua. Así nació la particular mezcla afro-boliviana.

Frente a la plaza de Coroico se puede encontrar la iglesia, la oficina de turismo, un hotel que costaba dos pesos argentinos la noche (con una hermosa pileta al pie de las montañas, hamacas paraguayas en la terraza, una cama confortable y un baño más que decente) y en la esquina, lo más importante, la confitería de Hans, un alemán que se enamoró de una boliviana y echó raíces en Coroico. Hans prepara un Strudel de ensueño. Cuenta Hans que una vez su madre lo vino a ver desde Berlín y se quedó impresionada de lo pujante que era La Paz, “se ve el progreso en todas esas casas que se están construyendo”, humildes casas de ladrillo al aire, en la ladera que rodea la ciudad. “No, mamá. No las están construyendo, quedan así”, le dice el hijo a su madre, que mira a Latinoamérica como se mira a una inclasificable mutación genética. “Lo importante es que te haga feliz estar acá” dijo ella de manera maternal.

En Coroico había (espero que siga estando) un increíble guía de turismo especializado en teología, pero no cualquier teología. Él estudiaba mitologías comparadas, por lo que pasé una fabulosa tarde comparando los Moais de las Islas de Pascua con los Atlantes de los Toltecas mexicanos; escuché apasionantes hipótesis sobre el origen extraterrestre de la vida en la tierra a partir de la visita de 45 monjes que cayeron del cielo en el Titicaca y difundieron la ciencia alrededor del mundo; hablamos de la perfección matemática del aimará; hablamos de las líneas de Nazca y de cómo la antigua tribu de los Paracas sabía momificar, hacer lobotomías y tenía los mismos rituales mortuorios que los egipcios; hablamos de chamanes, ERCs, chacras y telekinesia como posibilidades certeras. En una palabra, tuve mi propio capítulo de X-Files, sin Moulder y Scully tal vez, pero en medio de la alucinante jungla de Coroico. Un extraño privilegio para aquellos valientes que sobreviven a la espeluznante Carretera de la Muerte.

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Esta entrada fue publicada en 1 julio, 2013 por en Nota y etiquetada con .

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