REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Mi versión de Nueva York

Por Guilermo Tangelson

El día que mi trabajo me llevó a Nueva York, yo tenía 40 grados de fiebre y un dolor de cabeza digno de “Cefalea”, de Cortázar.  Lejos de amedrentarme y seguro de que más tarde no tendría tiempo de recorrer la Gran Manzana, salí a pasear por los alrededores del hotel. Cometí el error que cometemos los que vivimos en ciudades con cuadras: creer que entre calle y calle hay cien números y que una dirección que está a 300 números debería estar, por lógica, a 3 cuadras y no las nueve o diez que me insumió llegar, afiebrado, mareado y con pésimo humor, al famoso Times Square, una esquina que, solita, seguro consume más electricidad que la provincia entera de Catamarca.

En una palabra, la ciudad que nunca duerme me abrumó. Decidí entonces ir por calles laterales, desentramar el misterio de los números y las calles (que al final son como las de La Plata, casita más casita menos, como diría Yupanqui) y, en fin, caminar la ciudad más allá de sus arterias principales. Tres horas de caminata después, estaba radiante, había llegado al Soho y no tenía fiebre. Nueva York, inevitablemente interpelada por mis referencias de Paul Auster, Woody Allen y Benjamin Cheever, (y por qué no Spider-man) se había vuelto hermosa, pese a que en muchas esquinas, o ante varios edificios, es imposible dejar de ver el fantasma de alguna película que se rodó ahí. Imaginé a Carrie Bradshaw y me di cuenta de que vi demasiados capítulos de Sex and the city.

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Llegué en una extraña fecha en la que llegan miles de Marines de todos lados del mundo, como alegres muñecos de torta con sombreritos blancos, algunos parecidos a Gene Kelly y a Frank Sinatra, otros a Tom Cruise y uno que otro a Cantinflas. Sí, era una fecha rara, el flag day, todos los marines se daban cita con sus familias, novias o amigos en Nueva York y a la noche el Meat Pack District, (que me vendieron como el Palermo Hollywood de allá) estaba colmado de esos simpáticos y ruidosos muchachos. En esa semana, todo está en un precio absurdamente bajo, lo que aumenta el frenesí reinante.

Tuvimos muchas reuniones en la embajada argentina: era como en esos bares de los llamados “fast dates” (referencia de peli yanqui: Hitch, con Will Smith, nada memorable), en esos bares, los solos y solas pasan de mesa en mesa para tratar de convencer al otro de lo importantes que son sus atributos. Acá pasaba lo mismo pero entre universidades.

Luego de tres días con esa dinámica, un colega, Ingeniero él, me preguntó si lo acompañaría a conocer las calles de Wall Street. Básicamente lo que  mi colega quería era tocar las bolas del famoso toro de Wall Street, una tradición que augura, para el
sobador testicular, un año lleno de bonanza económica. Nos encontramos que el toro estaba entre vallas. Tal vez hubo demasiadas denuncias por la falta de éxito en un país que ya había sufrido a Bush, a Enron, ya había tenido su crisis Nasdaq y no terminaba de superar la recesión, o tal vez el juego de palabras de sobar las bull’s balls ya no causaba
gracia, lo cierto es que sólo una japonecita se animó a hacerse la boluda y tratar de saltar la valla para la foto “con las manos en la masa”, generando la aparición espontánea y nada amable de cinco policías que la invitaron a nunca más tratar de hacer algo semejante. La japonecita se reía como no entendiendo qué es una valla, o un
policía, o un límite.

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Estábamos cerca del Ground Zero, el lugar en el que  alguna vez estuvieron las  Torres Gemelas. Bueno, a falta de las gemelas, ahora están haciendo como ocho edificios, más altos, más grandes, más ostentosos. Un poco incestuosa me pareció la ecuación. En fin, a veces un edificio dice más que mil palabras… Por supuesto hay una placa conmemorativa (con la inscripción “may we never forget” y en relieve, las figuras de las torres en llamas, los bomberos, el dolor). Por supuesto hay un tour por las nuevas torres, y por supuesto el tour es pago. Por supuesto está lleno de gente. Y por supuesto, no subí.

No llegué a conocer Brooklin, ni la Estatua de la Libertad, pero sí la muy interesante New School University con su bellísimo mural de José Clemente Orozco; el City College, donde dio clases Albert Einstein, y la Universidad de Columbia, una ciudad adentro de la ciudad con una biblioteca que me hizo babear como el perrito de Pavlov después del timbre.
Fueron tres días intensos, no tuve tiempo de conocer el MoMa, el Empire State, no vi a Ricky Martin haciendo de Che Guevara en el “Evita” de Broadway, o cualquiera de esos hitos turísticos. Sí pasé por la famosa pista de hielo que aparece en cada peli navideña que tiene a Nueva York de fondo (frente al Rockefeller Center), pero como fui en verano, no había pista de hielo, sino unos barcitos al aire libre.

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Mi vuelo salía en cuatro horas. Las valijas ya estaban en la recepción y en un par de horas vendría la combi que me llevaría al aeropuerto. Eran tres cuadras, me lo debía, fui al Central Park, lo caminé, disfruté de sus senderos y sus lagos. Me senté junto a un árbol, leí unas páginas de la inmensa Flannery O’Connor, me quité los zapatos, pisé el pasto y, bajo un tibio sol neoyorquino, me dormí una de las siestas más lindas de mi vida.

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Esta entrada fue publicada en 18 julio, 2013 por en General y etiquetada con , .

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