REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Hombres sueñan conejos

Utopia (1)

por Flora Vronsky


 

“El mundo es cómico, pero la broma es para la humanidad”  H. P. Lovecraft

  

El color amarillo es uno de los más ambiguos. Impacta en la retina generando tanto exaltación como inquietud. En exceso perturba y cuando es muy claro calma, alegra; sin embargo se sabe que los bebés lloran mucho en habitaciones amarillas. Podría decirse que es el más unheimlich de los colores.

La gama del amarillo es, precisamente, la que predomina en la serie británica Utopia (2013). Tanto Dennis Kelly, su creador, como la cadena Channel 4 -responsable de la emisión de series como Black Mirror, Misfits y Dead Seat– tienen claro que la configuración estética ha dejado de ser un mero ornamento para convertirse en parte neurálgica del discurso. Y aquí el amarillo no es sólo un paratexto. Esa ambigüedad metafórica -lo que es pero al mismo tiempo es siempre algo más- traza el hilo argumental que sostiene los seis episodios de la primera temporada de la serie que acaba de ser renovada para el 2014. (David Fincher hará la adaptación para HBO, como ya hizo con House of Cards con considerable éxito).

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La trama gira en torno a una figura que proviene de una larga tradición estético-literaria: el manuscrito perdido. Se presume que The Utopia Experiments es una suerte de novela gráfica tipo comic que tiene como figura central a un Mr. Rabbit (ahorraré spoilers) y que contiene toda una serie de claves de índole ‘conspirativa’, cuyo conocimiento produciría el quiebre de la lógica histórica, social y económica del mundo conocido. Creado por un científico incomprendido que oportunamente se suicida en un hospital psiquiátrico, el manuscrito aparece desmembrado, incompleto, produciendo la necesidad de volver a reunir sus partes para poder dar con los secretos que esconde en su continuidad narrativa. Sí, es cierto, hasta aquí no parece gran cosa. Pero lo particular de la serie se manifiesta en el modo en que se configura la búsqueda y, por tanto, en los cazadores de la recompensa.

En cuanto a estos últimos, la historia se bifurca dando lugar a dos grupos en un principio diferenciados que luego caerán en esa ambigüedad argumental (incluso ética/axiológica) en la que la confusión y la posibilidad latente de que todo sea de otra manera se instalan mediante una expectativa adrenalítica que nos hace odiar el final de cada capítulo. En esta línea hay dos personajes que destacan: Arby (Neil Maskel) con su bolso amarillo, personificación del psicópata autómata y desalmado que asesina niños pero que hacia el final de la serie se va ubicando como víctima del abandono y de la ‘programación genética’; y ese nombre que se repite como mantra protagónico desde la segunda escena del primer capítulo, la grandiosa Jessica Hyde (Fiona O’Shaughnessy), enigmática y hierática, responsable de gran parte de la trama, que también convive con monstruos del pasado y cuya historia se cruza con la de Arby en un giro que revitaliza el guión y mantiene la expectación al máximo.

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Con respecto al modo en que se produce la búsqueda del manuscrito, diría que hay dos cuestiones notables. Por un lado, la presencia de una violencia transversal y constante que no ofrece ninguna novedad en sí, pero que se va presentando bajo un hiperrealismo que llama la atención porque se ubica entre ese tipo de violencia cruda y remanida -de huesos rotos y litros de sangre- y esa otra clase de violencia de corte más psicológico -perturbadora e intimista-, también explotada hasta el hartazgo. Ese estar en medio hace que los actos violentos de Utopia aparezcan bajo dos formas: como elementos inesperados, sorpresivos; y también como resultado del uso de magníficos cliffhangers en los que las escenas se van encadenando para desenvolver la trama y en los que al mismo tiempo se producen pausas, detenimientos en el tiempo del relato que hacen aún más visible la violencia que está a punto de perpetrarse. Es decir, como espectadores se nos da el tiempo suficiente para calibrar lo violento -sea explícito o subyacente- y creernos que hay un instante en que debería aparecer el límite porque ya es demasiado. Sin embargo, este estalla por los aires y sucede aquello que esperábamos pero que no queríamos presenciar (como ejemplo, la escena de la ‘masacre’ en la escuela pública casi le cuesta a Channel 4 la censura del capítulo y una cuantiosa multa). La violencia, entonces, no es un elemento que contribuya a dramatizar la historia; es la historia misma porque en ella se juegan no sólo las motivaciones personales de los personajes -todos y cada uno tienen la suya- sino también lo que todavía algunos ingenuos trasnochados llaman elementos ‘conspiranoicos’, esto es, la enorme violencia que ejerce el sistema sobre los ciudadanos a través de sus caras más visibles: las corporaciones y su relación con el Estado en su expresión más corrupta y psicópata.

Por otro lado se observa la presencia inescapable de la hiperconexión tecnológica, gracias a la cual uno de los grupos de buscadores se conoce en un foro muy friki que aglutina a los fans de la historia sobre el manuscrito y cuya traslación al ‘mundo real’ dispara el peligro ante el cual se exponen sus propias vidas a partir del primer capítulo. Asimismo, el otro grupo -The Network- es capaz de seguirles los pasos e intentar eliminarlos precisamente porque tiene acceso a sus movimientos virtuales y porque controla una buena porción de la comunicación web británica en perfecta clandestinidad. Si bien este vector de la trama no es protagonista (no hay una pretensión reflexiva sobre estos temas), sí gravita lo fundamental del papel que juega la tecnología en la definición entre la vida y la muerte, entre lo ético y lo amoral, pero imbricado de manera natural con el devenir de la historia. Como la vida misma, con su carga real de violencia diaria.

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Hablar de Utopia es, en consecuencia, hablar del éxito que produce el hecho de pensar un objeto estético como unidad. Podría describirse como un thriller hiperrealista que incluye dosis de drama, humor atrabiliario, acción frenética y una violencia permanente no ATP. Un guión salvaje y lúcido, completo de paranoia y neurosis extremas, donde nada es lo que parece y la confianza -ese maravilloso vínculo que nos esforzamos por mantener- brilla por su crudísima ausencia. Las secuencias estéticas son una propuesta por demás refrescante gracias a la fotografía de Ole Bratt Birkeland que imprime una atmósfera de comic en un cromatismo donde destaca la gama del amarillo, más sugestivos encuadres y una BSO magnífica de la mano del chileno Cristóbal Tapia de Veer. Todo confluye para que esos seis episodios impacten en el espectador como un todo indivisible, generando una montaña rusa de sensaciones y planteos de toda índole, así como un aumento del deseo de ver más, de saber más, que convive con la consciencia de que no lo haremos. El deseo, justamente, es el motor de cada uno de los personajes tanto individuales como colectivos, cuyo desarrollo comienza en el plano más íntimo y personal para expandirse hacia todo aquello que nos cohesiona como grupo, como clan, operen estos del lado de la luz o del lado de la oscuridad.

¿Y por qué Utopia funciona? ¿Porque todo gira entorno a un Conejo? Sí, pero principalmente porque nos lo creemos. El pacto ficcional se construye desde el minuto uno sin grietas ni fisuras. El ritmo es clave para este fin y la unidad que mencionaba antes es, en efecto, la armonía con la que tocan todos los instrumentos de esta orquesta desquiciada y a la vez disonante. El manejo de la violencia, su naturalidad, y sus propias condiciones de posibilidad que reconocemos como ‘reales’ e identificamos de este lado de la pantalla es capital para sostener el pacto. Incluso los elementos ‘conspiranoicos’ contribuyen porque al menos instalan una duda razonable, otorgan visibilidad a una serie de subtextos que nos son familiares a muchos, aunque esos ingenuos trasnochados no quieran ir a Google y leer sobre eugenesia, manipulación genética e higienismo.

En definitiva, y esto es algo que tiene así como más de dos mil años, Utopia funciona porque es ni más ni menos que verosímil. Es posible que todo eso (nos) ocurra, es posible que esa familiaridad que reconocemos sea real y concreta porque, sin ir muy lejos ni tener que construir una distopía disparatada y alienígena, con que leamos las noticias y estemos conectados con lo que pasa en algunos puntos del globo veremos que la parte ficcional del pacto se desdibuja cada vez más tiñéndose de un amarillo profundamente unheimlich, y que muchos de esos Conejos que nos miran con ojos rojos inyectados de sangre realmente existen.

 

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Esta entrada fue publicada en 31 julio, 2013 por en Reseña y etiquetada con , , .

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