REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Un ave solitaria llamada Brasilia

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Por Guillermo Tangelson

George Orwell tuvo una lúcida y escalofriante visión del futuro al escribir 1984, pero como todos saben, sólo le erró al postular que el comunismo se convertiría en el totalitarismo dominante. De forma similar, cuando Oscar Niemeyer concibió la ciudad del futuro y pensó en Brasilia, lo hizo con la categoría de futuro de los años 50′, armando así una bella ciudad que devino en un proyecto que irónicamente quedó en el pasado.

Desde arriba, Brasilia parece (o al menos debería parecer) un ave majestuosa. De esa forma se dividen el norte, el sur, el este y el oeste en las alas, la cola y el pico. Sucede que quedó tan pituca la ciudad, que quienes la construyeron decidieron quedarse en las cercanías. Manchoncitos urbanos cercanos al trazado urbano original que serían el preludio a los innumerables manchones urbanos que forman Brasilia. Desde arriba acaso se verían como los soretitos del ave majestuosa. Por supuesto, todo queda en la metáfora. El problema es la escala: la explosión urbana lejos estuvo de ser controlada y perdió toda proporción o armonía.

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Pero, ¿se convierte Brasilia por todo eso en una ciudad fea? De ninguna manera. Brasilia es hermosa. Cada foto que uno saca tiene de fondo un novedoso edificio, una construcción imposible o una perspectiva indudablemente fotogénica. Brasilia es eso: es una mina tan linda como lejana. Sin llegar a ser fría u hostil, no es para nosotros. Sus calles no son amigables para el turista porque están pensadas para los autos de sus ciudadanos. Por dar un ejemplo, hay un puente que te da  tres opciones al estilo “Elige tu propia aventura”: si decidís cruzarlo por abajo, los autos te van a pasar a toda velocidad con una cercanía obscena; si preferís pasar por arriba, tardás veinte minutos en el rodeo; o si no podés cruzarlo en el bendito auto.

Así como París es la Ciudad Luz, Brasilia es la Ciudad Lejos. Para ir de un distrito a otro, la dimensión humana de los pasos se vuelve absurda. Hay que hermanarse con la máquina del progreso y tomarse un taxi. En media hora vas del distrito de los hoteles al de los bares (si no querés cenar en un moderno shopping) y en el trayecto sólo podés intuir que hay gente, porque en Brasilia todo parece hecho a espaldas del espacio público, preservando así la intimidad de sus habitantes.

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Obstinado como soy, quise conocer un poco más. Tomé un taxi para ver el puente Juscelino Kubitschek. Lo vimos, (lo atravesamos) y seguí de largo. Llegamos a un coqueto barrio, donde aparentemente estaba la crème de la crème de la ciudad. ¿Si esa parte era linda? No lo sé. Sólo vi altas ligustrinas con alambres de púas electrificados en la punta. Una vez más un mundo adentro y uno que queda afuera. Llego al sereno y coquetísimo Pontao do Lago, me como un pancho que me cuesta 23 Reales y gozo, mientras trato de no empacharme,  del sereno rumor del río (lindo y artificial de esta artificial ciudad) y en un segundo la ilusión se quiebra por culpa de una pintoresca y ruidosa reunión de motoqueros de Harley Davidson demasiado pulcros para motoqueros. Tal vez recién arrancan y en un mes van a estar llegando a Alaska, me dije, con medio pancho entre los dedos.

Volví al hotel donde me indicaron que ese día, sábado, la habitación costaba la mitad. Me pareció raro, pero pronto lo entendí, Brasilia es una ciudad administrativa, está hecha para asistir a congresos o reuniones. Y comprendí así la triste belleza de la lejanía de la bella Brasilia en la que nadie se queda. Mitad ciudad, mitad fantasma, Brasilia se mostró en su último instante como una solitaria ave sin nido, y la quise como se quiere a lo lejano, con la complicidad de la nostalgia.

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Esta entrada fue publicada el 1 agosto, 2013 por en General.

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