REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

He visto a Maradona convertirse en Dios

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Por Guillermo Tangelson

I
De los muchos recuerdos que guardo de mi infancia en México, dos me marcaron definitivamente. El primero es el recuerdo del terremoto de septiembre de 1985. Vivía entonces a una cuadra de la Cruz Roja y con diez años participé de mi primera cadena humana. Era lo poco que podía hacer para ayudar al increíble pueblo mexicano que tanto me dio durante mi infancia. El DF estaba devastado, se oían historias horrendas de hombres que salían de sus casas para volver y encontrar cráteres en la tierra. Un periodista contaba cómo bajó a la carrera por las escaleras de un edificio que se desmoronaba y cómo salvó su vida al saltar a la terraza del edificio contiguo para ver sucumbir su lugar de trabajo en segundos. Recuerdo que el gobierno francés puso a disposición a unos perros entrenados en la búsqueda de personas y que algún miserable se los robó. Recuerdo las horas terribles del hotel Regis, donde tantos murieron sepultados. Hotel que ahora se llama Plaza Solidaridad. Del hotel sólo queda un reloj con la hora del terremoto perpetuada: 7:19.

II
De todo eso se levantó el valiente pueblo mexicano para organizar el mundial que convertiría a Maradona sencillamente en Dios. En el 86 el negocio de las banderas aún no existía. Se encontraban algunas banderas de México o sombreros de Pique, la mascota del mundial con forma de chile. Por eso, cuando mi viejo vino a casa con entradas para la cancha, mi abuela se puso a bordar una bandera. El azul era un poco oscuro, casi un turquesa. Mediría metro y medio. Era hermosa. Fuimos a la platea alta del imponente estadio Azteca. Atrás nuestro, las populares, separadas por una pequeña reja de la cual colgamos, con unos pequeños alambres, nuestra bandera. Del oro pasó, un inglés comenzó a colocar la suya. Cómo no tenía los alambrecitos, mi hermana, de catorce años, le ofreció unir las banderas con el único alambre que le quedaba. Agradecido, el inglés acepto y luego levantó un gran chopp y exclamó: «may the best win»


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III
Como todos saben, ese partido sólo tuvo dos jugadas. Les contaré lo que presencié como testigo de apenas diez años. La primera fue una delicadísima clase de handball. El Azteca es enorme y nosotros estábamos muy alto pero aun así se vio. Por un instante, con la red inflada, gritamos el gol, desaforados. Pero mi viejo nos dijo, sentándose, que no festejaramos, que había sido con la mano. Nos sentamos, él se paró, gritó, se rio, fue un momento confuso. Entre rusas Nos decía «!no lo vio! Es increíble, no lo vio». Y gritamos mientas Diego levantaba su insolente puño en la media cancha. Luego vino la dichosa «ola» (las 114.580 personas del estadio entretenidas durante todo el entretiempo levantando los bracitos en forma rítmica).


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IV
A poco de arrancado el segundo tiempo, pasó algo extraño: de pronto todos fuimos clarividentes, porque apenas eludió Maradona a Hoddle -al que le hace la calesita- nos empezamos a poner de pie. Cruzó la línea de media cancha y ya nos agarrábamos la cabeza. Cuando Diego se acercó a Burruchaga, empezamos a dar saltitos. Shilton en el piso, el gol. Miles de gritos, pero el que nunca voy a olvidar es el de un mexicano que estaba adelante nuestro. Morocho, bigotón, el estereotipo del mexicano. El tipo se puso de pie, agarró a la hija por los hombros y mientras la zarandeaba, le gritó: «¿viste eso, hija? ¿Lo viste? Porque nunca más en tu vida vas a ver algo igual». El hombre parecía estar en medio de un trance místico. Y no era para menos, porque no todos los días se ve nacer a un Dios. El resto del partido sucedió mientras tratábamos de despabilarnos. Meses después volvimos a Argentina. Yo nunca pude hacerme hincha de ningún club, porque, si había visto el gol de Maradona, ¿qué cosa podría igualarlo? Tal vez un día, nuevos profetas, con nuevos dioses, vengan a contar sus hazañas. Y estaremos listos para escucharlos.

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Esta entrada fue publicada el 12 agosto, 2013 por en Nota.

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