REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Elegía por John Coetzee

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Por María Victoria Moreno

I.
“En la sala siguiente, en lo alto de una pared, cuelga un cuadro enorme consistente solo en una mancha negra alargada sobre un fondo blanco. Elegía por la República española n°24, obra de Robert Motherwell, informa el rótulo. Queda petrificado. Amenazadora, misteriosa, la forma negra le conquista. La mancha emite un sonido similar al golpe de un gong, dejándole tembloroso; le fallan las rodillas”.

II.
La pulsión es una fuerza constante, un estímulo inherente al organismo, una necesidad que exige ser satisfecha. Lo que diferencia a la pulsión del instinto es que la primera está mediada por el deseo, mientras que la segunda responde únicamente al impulso de subsistencia. Lo que diferencia al joven Coetzee de sus compañeros de colegio es el deseo; una corriente de “oscuro erotismo” que lo inunda, por primera vez, en un campo de deporte, al contemplar las piernas de los niños afrikáners. Pero no es esa la única diferencia que lo distingue: su propia madre lo caracteriza como “rudo, poco sociable y excéntrico”.

La excepcionalidad es el eje sobre el que se articulan los tres textos autobiográficos que componen Escenas de una vida de provincia, libro que reúne los relatos Infancia, Juventud y Verano, que Coetzee [Premio Nobel de Literatura en 2003] publicó en 1998, 2002 y 2008. A lo largo de las casi 600 páginas quedará en claro que la singularidad del autor, de la cual él tiene plena conciencia, no es algo beneficioso, sino que funciona como una carga con la que debe lidiar.

Nacido en la Sudáfrica escindida por el apartheid [régimen que se establece en 1948, ocho años después del nacimiento del escritor], Coetzee pertenece a la minoría blanca inglesa contra quienes los holandeses conducen dos guerras entre fines del siglo XIX y principios del XX. Esa condición excepcional de existencia, en una tierra que no le es propia, marca la vida del autor, quien termina por construirse a sí mismo como alguien completamente desapegado de su país, de su familia, de cualquier relación vincular humana. Así como el deseo es uno de los secretos que el pequeño John posee, su “corazón viejo, oscuro y endurecido, un corazón de piedra”, será otro de los rasgos que caracterice su personalidad.

Su único lugar de pertenencia, donde sabe que nada malo puede suceder, es la granja de la familia paterna. Allí  es donde no se le piden explicaciones, donde puede existir sin pertenecer a ningún lado, un lugar fuera del espacio. Porque para Coetzee su familia de origen resultará una carga: siente un profundo odio contra su padre, por su mediocridad, su hipocresía y su débil personalidad, mientras que su madre aparece como una responsabilidad que lo hostiga durante Infancia y Juventud. El amor materno es un vínculo que Coetzee no logra resolver y que marca la frustradísima relación que mantiene con las mujeres a lo largo de su vida. La frialdad que Coetzee cultiva como respuesta a un amor materno abrumador, produce una insensibilidad general ante cualquier interacción humana, cuyas manifestaciones tendrán repercusión sea en su producción intelectual como en su producción romántico-sexual.

“John no estaba hecho para el amor […] Como una esfera. Como una bola de cristal. No había manera de conectar con él”, sentencia Julia, primera entrevista de Verano, relato articulado alrededor de testimonios que un entrevistador ficticio conduce para reconstruir la vida del fallecido autor [Verano es, de los tres textos autobiográficos, el más ficcionalizado, antes que nada porque Coetzee goza, aún, de buena salud]. Es como si aquel original vínculo materno-filial hubiera agotado la capacidad amatoria del escritor: ante la responsabilidad de corresponder al agobiante amor de Vera, su madre, John responde con un corazón de piedra. Sigue Julia: “nos encontramos ante un hombre que, en la más íntima de las relaciones humanas, no puede sintonizar, o solo puede hacerlo brevemente, con intermitencias. Sin embargo, ¿cómo se ganaba la vida? Escribiendo informes, informes de experto, sobre la experiencia humana íntima. Porque de eso tratan las novelas, ¿no?, la experiencia íntima”.

Sólo algunos objetos despiertan en él sensaciones muy particulares [la granja, la poesía de Ezra Pound y T.S. Eliot]; y son esos mismos objetos los que responden al interrogante de Julia: Coetzee se dedica a la escritura porque encuentra ahí el vínculo emocional que no puede establecer con otras personas pero que sí puede establecer con las palabras. Y lo mismo sucede con la granja: es ahí donde Coetzee se sentía libre de pequeño, donde nadie podía decirle qué debía o no debía hacer, ni siquiera su madre. Coetzee se involucra allí donde su madre no aparece, allí donde no hay necesidad de satisfacer un amor inabarcable.

El desapego que el protagonista logra cultivar desde pequeño es un rasgo que también caracteriza su escritura: “demasiado frío, demasiado pulcro. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión, pasión creativa” es como Sophie, una de las últimas mujeres de Verano, define al autor y su obra. La excepcionalidad que predecía en su infancia se transforma en una excepcional capacidad para la impasibilidad. Su parca y árida escritura logra transmitirlo: es a partir de ese desplazamiento sentimental, geográfico e histórico que el lector se envuelve en una experiencia de vida que no querría compartir pero que genera un auténtico sentido de conmiseración.

III.
La crudeza y la frontalidad de Escenas de una vida de provincia se corresponden con la crudeza y la frontalidad de Elegía por la República española n°24. Que sea esa la obra de Motherwell que deslumbra a Coetzee no resulta un dato menor.


elegia robert motherwell 

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Esta entrada fue publicada el 15 agosto, 2013 por en Nota, Reseña.

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