REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Lo permitido y lo prohibido

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Por Pablo Milani

El carapálida
Luis Chitarroni
Narrativa
Interzona
233 páginas

“Todos habían soñado el mismo sueño”. El mundo que describe Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958) en El carapálida es pura ilusión, pero una ilusión que empuja al encuentro de lo real, esa pieza mínima, cristalina, que para cualquiera tiene valor de real. Ese encuentro, que tiene estructura de ficción, se sirve de la crónica, la autobiografía y la hegemonía de ideas sobre un mundo visceral y en movimiento. La gravitación de recuerdos lentos y acciones relegadas por una nerviosa intención, dejan lugar a la gracia de un servicio no requerido. Mientras hay ojos vacantes de la infancia de guardapolvo blanco sobre una construcción no menos propia divagando en una intemperie a escondidas, su salvedad es un paréntesis de un desarraigo que no puede ni desea echar raíces.

El carapálida inmortaliza a un 7° grado en el recuerdo de la típica foto en pirámide a mitad de año con la industria cultural de fondo enfrentando a su propio lenguaje. Una mirada de un mundo en conflicto con sus propios monstruos al acecho. Pero al mismo tiempo no se trata de entender, sino más bien de transgredir una realidad que se nutre en su propia jaula. Esos chicos se desplazan en un tiempo estático sin decisión, respiran inconscientes la fisura de un mundo mayor. La escuela de varones que describe Luis Chitarroni en 1971, es un sistema opresor, contenido desde afuera y conllevan, al menos, dos fuerzas represivas. Por un lado la lucha por el desinterés del comienzo de una generación sólo interesada en lo suyo, queriendo refundar la historia, y por el otro, la escuela como institución ha comenzado a perder su autoridad y ahora tiene que luchar con nuevos cánones culturales como la revolución de la música pop de la mano de The Beatles, el hipismo y el sexo libre. En El Carapálida ya se muestra la fisura que ha separado a la escuela de esa aventura inocente y romántica para comprender la separación entre la vida dentro y fuera de ella. “En ese desmantelado mundo había un derroche de perfección”, los nervios escondidos en el  final de la primaria deja sin validez las letras gordas y coloridas del retrato del prócer ya desentonado con la realidad.

La muerte súbita de unos de los alumnos llevará al resto de sus compañeros por un camino de divagación inconciente y final. De algún modo no reconocible, esos otros pasos  se desplazan en “una especie de vals que no revela ninguna emoción”.  El carapálida, tal vez sin proponérselo, ensaya un sendero ambiguo en un remoto lenguaje impuro y preadolescente, que se presenta entre lo permitido y prohibido. La de Luis Chitarroni es una historia que avanza en pleno desconcierto. Sus personajes se desenvuelven en un eterno presente de aislamiento pero sin perder vigencia de atención. ¿Pero qué están buscando en realidad? Tal vez la definición de su frágil existencia suspendido en un silencio aterrador dentro de una oscura fonética de la realidad. “El olvido desintegrará la edad y el tiempo será nuestro espía gracias a la intriga”,  murmura una voz quebrándose de rodillas.

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Esta entrada fue publicada el 20 agosto, 2013 por en Reseña.

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