REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Fogwill

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Por Pablo Milani

Hace tres años se fue el último escritor maldito del país. Fue internado en el hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires y el 21 de agosto de 2010 dejó de respirar. Su adicción al cigarrillo, entre otros vicios, le ganó la batalla. Sociólogo y luego empresario, supo ser docente de la Universidad de Buenos Aires. Nació en 1941 en la ciudad de Bernal, en la zona sur del conurbano bonaerense. Fogwill fue ante todo rabia y pureza a la vez. Fue el desencanto en bruto que miraba a la sociedad yendo hacia la destrucción por un sistema que había perdido la confianza en sí mismo. Su novela, Los pichiciegos (1982), anunciaba la rendición de aquella triste aventura en las Islas Malvinas antes de acontecer. La escribió en seis días y sus noches encerrado entre varias raciones de cocaína y malhumor. Atravesado por una buena dosis  de talento y genio que hasta ese entonces no se veía en ningún otro, demoró apenas unos días, lo que cualquier escritor le hubiese costado meses, tal vez años. En carne viva, bajo una Buenos Aires anónima y semi muerta gracias a los medios de la comunicación, Fogwill cruzó el pantano que nadie se atrevió a pisar.

Así, con una ecuación casi imposible, su camino no fue el de un escritor convencional. Criticó a los funcionarios de turno, pero también soñó con Las Madres de Plaza de Mayo antes que existieran y predijo la vuelta del radicalismo al poder, todavía en dictadura.  Desenfundado y ácido, Fogwill vio materializado sus propios demonios. Dueño de un pensamiento combativo y frontal, su forma de vida logró cautivar a su propia tragedia. Un invento óptico que supo cubrir con lamentos y más palabras la idiosincrasia de un país en constante desidia.

A veces genio y siempre cuestionado, el escritor criticó al ex presidente ya fallecido, Néstor Kirchner, de ser un “temerario que le apunta al comisario”. Dueño de una verborragia propia de un matón dispuesto a salirse con la suya. Pero nada es casual en la lengua de Fogwill. Su condenado filo verbal a una sociedad cada vez más demorada a la hora de pelear su verdad, y únicamente contada en sus libros, fue una constante discrepancia hacia sus colegas.

Sus libros son la consecuencia de sus pensamientos. Su vida anterior, cargada de obligaciones en una empresa de publicidad, fue el puntapié inicial hacia su más sincera pasión, la escritura. Una manera de escribir yendo hacia un destino incierto. En el libro El escritor de Abelardo Castillo menciona: “La literatura está cargada de fatalidad y tristeza. Sin embargo, la gente quiere ser feliz. Pero la felicidad no hay que escribirla, hay que vivirla. O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder”.

En el caso de Fogwill, su prosa va más allá, su lenguaje piensa. Su intervención en el mundo es como un corregidor. Un fantasma paralizado y molesto que deambula por suburbios urbanos queriendo desviar a un ser humano de una catástrofe segura. Fogwill no es un autor trágico por su contenido, sino por su lengua. Sus personajes crean efectos de atemporalidad. Son directos, sin revancha. Omiten garantías irrevocables. Su novela Vivir afuera (1998), es un ejemplo. En el libro, Últimos movimientos de Fogwill, describe: “Pasan los muertos / ¿y cuantos son? / Y el arte de enterrarlos, negarlos / y volverlos relatos / en la memoria”.

Apariciones inaccesibles funden este personaje que supo dejar una huella en la literatura argentina. 69 años de existencia hoy, se vuelven efímeros.

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Esta entrada fue publicada el 21 agosto, 2013 por en Nota.

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