REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Hombres como islas

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Por Pablo Milani

Los prisioneros

Rubem Fonseca
El cuenco de plata
Relatos
126 páginas

Rubem Fonseca (Brasil, 1925) advierte singularidad sobre un escenario de ficción. Deja entrever un cálculo hacia sus personajes en extrema soledad y ensimismamiento. Los prisioneros (1963) su primer libro, ahora reeditado, agrega el sentido de inédito en cada cuento. Deletrea su propia cárcel en donde lo esotérico interviene y expande el texto dándole una lección al lector. El lenguaje con que se narra, es crudo y visceral, netamente urbano y marginal, pero no por eso menos cierto. Fonseca divaga en su impaciente monotonía. “Mi corazón está lejos, cortado por mi pensamiento”. Quiere recuperar el tiempo perdido, sin embargo no espera antes de tiempo y se diluye entre un aire entrecortado y la obscena incertidumbre  de querer empezar todo nuevamente. Con un total de 11 cuentos el autor le da una identidad pura, ácida, de un modo autobiográfico y sutil. Pareciera ser que Los prisioneros se escribió sobre los escombros de otra vida que debió haber sido antes, diferente, brutal, ciega. “Lo que yo siempre quise saber es si las personas y los hechos son verdaderos. Fue por eso que quise saber la verdad”. Pero no alcanza. Los héroes mutilados de la juventud sufren la destreza de contar sus desventuras con una cadencia distante y muy próxima a la melancolía.

Pero aún así la palabra logra mantener la cordura. Distintas miras, distintos enfoques y puntos de partida, son el puente que intenta cruzar Fomseca sin salir airoso. Quiso detener lo que huía, afectado por una ceniza, un velo donde la voz sale opaca y todo empieza a deshojarse. “La única realidad es nuestra imaginación”, vaticina el autor. “Comprendí que la juventud es una ilusión”. Existe un desencantamiento que surge desde sus personajes entre cómo actúan y cómo creen que deben hacerlo. Pero todo se escribe desde una sombra que cubre todas las historias. Los prisioneros no responde a ninguna pregunta concreta, sino más bien deja al lector en un espacio de eterna discusión consigo mismo. Duele haberse creído tan absoluto mientras el desacierto intolerante de la condición humana transmite vergüenza. Así transmite esa sensación de que “todo hombre es una isla”. Son cuentos que escriben una realidad que sigue en presente y que todavía insiste en que es preciso herir. Si bien Los prisioneros fue editado un año antes del Golpe de Estado de 1964 al entonces presidente João Goulart, Fonseca deja en claro que la política es también un discurso oscuro que refleja la venganza como justicia. “Usted no me conoce, nadie me conoce, soy un don nadie, un perfecto desconocido, mi foto nunca salió en el diario”.

Sus frases ejemplifican con voracidad la sorpresa insoslayable de un mundo encerrado y absuelto. Intrigas de poder y avaricia, revelan la revolución de una felicidad desdichada y en permanente agonía. Traduce a la sociedad infinita y a la vez compleja,  una crueldad de infructuoso terror sin hallar salida. Los prisioneros deja al lector enfrentado a la intemperie sin otra opción que su valentía.

 

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Esta entrada fue publicada el 23 agosto, 2013 por en Reseña.

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