REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Ten cumple 22 años

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Por María Victoria Moreno

Año: principios de la década del ‘90. Lugar: Seattle, Estado de Washington en Estados Unidos de Norteamérica. Personajes: jóvenes que rondan la veintena de años con talento musical y roperos plagados de camisas leñadoras y jeans rotos. Historia: de tan conocida que ya aburre, a principios de los ‘90 surgió un nuevo subgénero del rock al que llamaron grunge. La música de los ’80 había estado llena de colores fluorescentes, mucho maquillaje y pelos batidos. Ninguno logró salir del sonido característico de la década, aunque prescindieran de los peinados exuberantes y su música fuera más allá de lo que la moda imperante imponía [Freddy Mercury, David Byrne, un Robert Smith sin tanto fijador también podría funcionar]. Hasta que llegaron unos tardo adolescentes de una ciudad portuaria, fría e inhóspita, despreocupados sobre qué ponerse, sin saber qué era un delineador y, probablemente, tampoco un peine. Y ahí estuvieron, en las listas de discos más vendidos, de canciones más reproducidas en las radios, en las tapas de esas revistas de rock, que de rock bastante poco tienen. Algunas de esas bandas se desvanecieron con el tiempo, la que lideró el movimiento –por su calidad, por su éxito comercial, por el azar- se disolvió después de un escopetazo en abril del ’94, otras siguieron pero sin la notoriedad que consiguieron allá, en los albores de las privatizaciones nacionales. Salvo por una. Una de esas bandas sí sigue en pie, con dignidad, llenando estadios, transformando su sonido, sacando discos cada tres o cuatro años.

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 Ten fue el disco debut de Pearl Jam, lanzado el 27 de agosto de 1991. Once canciones, un poco menos de una hora de duración, tres singles, diez millones de copias vendidas en Estados Unidos hasta el momento. Ten es un disco sólido, compacto, sin grietas. Cuando se pone play, no hay manera de frenar en la mitad: de “Once” hasta “Release” se dibuja una autopista, sin semáforos ni límites de velocidad. Funciona como una unidad, indivisible. Vedder, con sus escasos 25 años, le canta a un pasado que excede su edad. Esos 25 años le alcanzaron para entender cuán decepcionante es el mundo de fin de siglo, cuánto se puede sufrir y aprender de ello y que, a pesar de todo, se sobrevive; como pregona en lo que se transformó en uno de los himnos de la banda: “and do I deserve to be / is that the question / and if so who answers / I’m still alive”.

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Veintidós años pasaron de su lanzamiento y Pearl Jam sigue. Con diez discos más en su haber –si sólo se cuentan los de estudio-, lograron permanecer en el escenario musical a pesar de que el movimiento que los vio nacer haya desaparecido hace casi tanto como el aniversario que cumple su ópera prima. Su sonido se transformó, ahora más maduro, más terciado por un Vedder que se anima a cantarle al amor, ese amor que no lograba ver a los 25 pero que se vislumbra en las cinco décadas que festejará el próximo año [y que se vislumbra aún más en sus dos discos solistas, embebidos en una introspección personal que, en los álbumes compartidos con su banda, no deja entrever con tanta sinceridad]. Que el descreimiento juvenil se haya morigerado no implica que Vedder vea al mundo como un lugar de ensueño. Él entendió que en algo se puede creer, que no todo es escepticismo, que hay lugar para el cambio: ya en la primera canción de su anteúltimo álbum homónimo, Pearl Jam [2006], se escucha: “why swim the channel just to get this far? / halfway there, why would you turn around?”

 Eddie

Año: 2005. Lugar: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Personaje: adolescente, mujer, remeras holgadas con caras de cantantes brit-pop estampadas, pelo corto. Historia: de tan minúscula que resulta irrelevante, en un amanecer hormonal que se transforma en mediodía, voluntad rebelde que solo puede sublimarse a través de la música y algún que otro escrito desatendible, Pearl Jam aparece con un maduro afán de desobediencia que los carilindos británicos sólo logran encarnar puerilmente. Eddie también es carilindo, pero en sus rasgos se intuye adultez en vez de desparpajo púber. Eddie sabe lo que hace y lo sabe no porque se lo contaron sino porque lo vivió: se sube al escenario con una botella de vino, remeras desteñidas por el uso, pelo encrespado, su voz profunda y sentida.

En el último tema de Ten, Eddie canta: “oh, dear dad / can you see me now? / I am myself / like you somehow / I’ll ride the wave / where it takes me / I’ll hold the pain / realease me”. Con 50 años, su tono cambió y ahora escribe: “yes, I understand that every life must end / as we sit alone / I know someday we must go”. Tranquilidad a pesar de la irreverencia de juventud, serenidad a pesar del escepticismo de principiante. Para llegar a esa calma, Ten es una parada obligada: 22 años para llegar a un estado de plácida quietud no es demasiado.

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Esta entrada fue publicada en 28 agosto, 2013 por en Nota y etiquetada con , , .

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