REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Jorge Herralde: “Lo que se busca es la legitimación del papel”

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Por Nicolás Mavrakis

Más de cuatro décadas de trayectoria hicieron del fundador y actual director de Anagrama, una de las casas editoras de habla hispana más relevantes del mundo, una figura clave en el mapa de las industrias culturales. Instalada como puerta de consagración para muchos escritores latinoamericanos a través del Premio Herralde, propietaria de los derechos de traducción de grandes contemporáneos como Martin Amis, Frédéric Beigbeder o Paul Auster, su catálogo continúa dominando buena parte del ánimo de lectura de miles de argentinos.

A los 77 años, Jorge Herralde es un editor que defiende el prestigio del papel ante los bytes y al que la literatura ha llevado por numerosas experiencias. Así como recuerda con humor que Fogwill lo increpó durante la inauguración de una librería en Buenos Aires, menciona también que si el autor de Los Pichiciegos no formó parte de su editorial es porque “nunca se produjo el momento crucial del envío de un manuscrito”. Las anécdotas con autores como Michel Houellebecq —”ha sido un mal año para él por la muerte de su madre y de su perro”, comenta— se mezclan con vaivenes comerciales como el reciente cambio editorial del español Enrique Vila-Matas a cambio de más dinero del que Herralde, su primer editor, estaba dispuesto pagar. “Tras tantos años on the road, is only business“, sonríe.

¿Qué es ser un editor entre las facilidades para publicar en internet?

La superabundancia es en gran medida un magma que parece muy estimulante. Se autoedita bastante en internet, pero en general lo que se busca es finalmente una legitimación en papel. El famoso Cincuenta sombras de Grey empezó como una autoedición y milagrosamente se convirtió en un suceso mundial a través del papel.

¿De qué depende hoy ese prestigio del papel?

Depende de quienes no somos nativos digitales, ya que yo toda mi vida he leído en papel. En tanto editor, desde el inicio del libro electrónico Anagrama tiene sus novedades desde hace tres años en ese formato, aunque personalmente soy jurásico y sigo prefiriendo el papel.

¿Piensa en un catálogo acorde a estos nativos digitales?

Lo importante es el contenido en el soporte que resulte más cómodo. Las inquietudes específicas de los nativos digitales tampoco están tan claras y, en todo caso, ocupado con tanta pasión en tareas como escoger los títulos hasta el look final del libro y el diseño, todo el aspecto artesanal, la cuestión del libro electrónico la he delegado en colaboradores de la editorial que ya son nativos digitales. Lo importante de una editorial y un editor es el trabajo con el autor y el texto: pasar de un manuscrito a una versión final es lo que mejora el original. Ese es el aporte casi anónimo e importante del editor y mejorar esa excelencia es positivo.

¿Cuál es el valor actual de las editoriales independientes?

Hay una gran cantidad de editoriales independientes en todo el mundo. En España han surgido centenares en la última década y, en muchos países más, como Italia o Inglaterra, donde son tan conservadores, han surgido nuevas. Al haber un fuerte proceso de concentración, los grandes grupos están obligados a ganar dinero por sus estructuras e inversores, mientras que los editores independientes vocacionales aman la literatura. Entonces publican y eligen buenos libros para sobrevivir, rescatan autores olvidados por las grandes editoriales. En esos descubrimientos y redescubrimientos, en general, ahora es bastante más barato publicar con las nuevas tecnologías que hace cuarenta años, donde un tiraje mínimo era de 3.000 ejemplares. También ocurre que la mayoría de estas editoriales son manejadas por una o dos personas, como comenzó Anagrama.

¿Qué editoriales argentinas le parecen atractivas?

Una casi clásica como Adriana Hidalgo y también La Bestia Equilátera, de Luis Chitarroni, que durante muchos años fue el arma literaria de Sudamericana. Eterna Cadencia, que empezó recientemente, también es muy interesante. En el caso de Chitarroni, va a buscar los temas y autores más raros y sofisticados que durante muchos años Anagrama también publicó. Siento una especie de hermandad en ese sentido. Me gustan las editoriales que buscan autores al margen de lo mainstream.

¿Qué se gana y qué se pierde en el pasaje de la editorial independiente al gran negocio editorial?

Diría que son dos naturalezas espirituales distintas: en un caso se trata de la búsqueda de la excelencia y en el otro de la búsqueda de la rentabilidad. El papel de las editoriales es muchas veces el descubrimiento de nuevas voces: el editor literario tiene que estar siempre atento a la singularidad y por eso tiene que haber leído mucho y estar consciente de la tradición literaria en la que está inserto para trascenderla.

¿Cuál considera que es el factor por el cual Anagrama construyó una posición tan relevante en Latinoamérica y Argentina?

Con mayor o menor acierto, la brújula siempre ha estado dirigida a la calidad literaria. Cuarenta y cuatro años y casi 3500 títulos después, eso puede inspirar cierta credibilidad. A mayor nivel de exigencia cultural, Anagrama tiene una mayor presencia. Recuerdo que cuando empecé la editorial, mi buen amigo el editor Daniel Divinsky dijo: “Anagrama parece una editorial hecha para Argentina, con los libros tan bien armados, tan originales, tan provocadores”.

¿Parte de esas exigencias particulares no serían también traducciones con rasgos más locales?

Este es un problema que no se plantea en el ensayo ni en cierto tipo de novela más tradicional, sino en las novelas con mucha jerga que obligan a optar por un criterio de traducción. Por una parte, soy absolutamente contrario a lo que hacen determinadas editoriales, en especial con los grandes bestsellers, cuando usan un español internacional neutro que se entienda en todas partes. Para un libro sin pretensiones literarias esto puede ser válido; ahora bien, para un producto literario que precisamente opera con el lenguaje eso sería traicionarlo completamente y pasteurizarlo. Debido a la censura española, en mi juventud leí muchísimas traducciones argentinas y mexicanas, con peculiaridades muy marcadas. Con las primeras novelas traducidas por argentinos yo no sabía que “saco” era chaqueta o que “pileta” era piscina, pero no me supuso ningún trauma la traducción de Faulkner, Hemingway y tantos otros. Luego se da el caso donde sí es más notorio: Bukowski, donde el tema me parece un poco tonto. Veinte palabras genitales bastan con un mínimo vocabulario para aclarar el 99% de las dudas.

Tras cuarenta años de experiencia, ¿qué es lo primero que detecta para reconocer un texto valioso y uno que no lo es?

En general, con el margen de error de la experiencia de tantos años, a veces con una o dos páginas ya detectas si hay escritor o algún tipo de singularidad. Hay escritores donde hay un talento pero otra cosa es que se sostenga en una forma que funcione y encaje. Hay una frase de Vladimir Nabokov que decía algo así: “No me importa emocionar, no quiero influir en las ideas. Sin embargo, quiero llegar a que el lector sienta un estremecimiento en la columna vertebral cuando lea”. Algo difícil de definir pero auténtico y que pasa cada vez que se lee la primera página de Lolita.

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Esta entrada fue publicada el 2 septiembre, 2013 por en Entrevista.

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