REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Magia sin ilusión

Maquetaci—n 1

Por M. Victoria Moreno

Matar al padre
Amélie Nothomb
Anagrama, 132 págs.

Nunca se había visto a nadie que tuviera tan poca necesidad de justificarse” escribe Nothomb en Matar al padre, refiriéndose al protagonista de la novela, Joe Whip. Y es, efectivamente, así: ni Joe ni la misma Nothomb tienen esa necesidad. Joe porque es joven y talentoso, Nothomb por lo mismo. O, al menos, es lo que su prestigio expone: menos de 40 años, más de 20 novelas publicadas, algún premio en su estantería y unos cuantos sombreros heterodoxos en su ropero, Nothomb se transformó en una de las protagonistas de la escena literaria francófona. Que su anteúltima publicación justifique –o no- ese prestigio es otro tema.

Matar al padre es una novela de 132 páginas, corta, definida, delimitada, concreta. Esos tres adjetivos que pueden ser benéficamente utilizados para caracterizar un texto, no funcionan tan benéficamente en este caso. Si lo definido, lo delimitado, lo concreto y sólido son características opuestas a la abstracción y la generalidad, entonces deberían ser consideradas propiedades positivas: poseerlas permite el entendimiento del objeto desde un lugar de discernimiento absoluto –o, al menos, habilitan la potencialidad del conocimiento total. Sin embargo, la eliminación de los matices, la supresión de la gama de grises que existe entre el blanco y el negro de los extremos, sirve solo para evitar la construcción mental de materia inexistente, que malgasta energía cerebral y nos convierte en un laberinto de enrollamientos psíquicos. Todo esto funciona muy bien para nuestra célebre sanidad mental, pero no así para la escritura ficcional.

132 páginas de una narración sin historia, de tres personajes que se chocan en la cotidianidad, en la confrontación, en el encuentro sexual, sin entender muy bien cómo ni por qué. Las referencias a la tragedia griega o al complejo enunciado por Freud resultan accesorias porque no hay trama suficiente para poder hacerlo; o, si la hay, pierde su gracia en la tosquedad. 132 páginas de acontecimientos que, aunque no inconexos, sí relatados tan superficialmente que el lector no tiene tiempo suficiente para involucrarse y generar un sentimiento de empatía con ellos. Si Joe Whip pasa, en esas escasas 132 páginas, de ser un conflictuado adolescente de 14 años a un psicópata manipulador, el lector inquisidor buscará una explicación algo más profunda que un simple truco de magia. Tal vez es aquí donde Nothomb pensó que había una respuesta esbozada: Joe es mago y es a través de la magia que se vincula con los otros personajes que aparecen en el libro. Pero la magia no explica una mutación patológica de la personalidad y tampoco deja satisfecho al lector que pretende entender cómo es que esa transformación sucede. Si bien la brecha argumental inconclusa es cerrada por Nothomb con un salto narrativo en las últimas 15 páginas de la novela, la inverosimilitud de ese salto retoma, de nuevo, la idea de que el hilo argumental puede resolverse mágicamente. Pero si la construcción de la magia fuera una construcción tan endeble, no habría entretenimiento en el goce de la ilusión.

El objetivo de la magia es lograr que otro llegue a dudar de la realidad. Así pues, la magia es para los demás, no para uno mismo”, escribe Nothomb. Harry Houdini, uno de los más famosos ilusionistas de la historia, replica: “mi vida profesional ha sido un registro constante de desilusiones, y muchas cosas que le parecen maravillosas a las personas del público, son lugares comunes de mi profesión”.

El engaño que establece la narrativa ficcional es legítimo: es el contrato de lectura que se pacta entre lector y autor; solo hay que tomarse la suficiente cantidad de páginas para cumplirlo en vez de eludirlo. Quedará por leer la próxima novela de Nothomb para saber si logra engañar mágicamente a los demás a pesar de contentarse con lo que se contentaba Houdini: la propia desilusión.

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Esta entrada fue publicada en 13 septiembre, 2013 por en Reseña y etiquetada con , .

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