REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Terrorismo ilustrado

tapa el camino ida
Por Sebastián Rodríguez Mora

El camino de Ida
Ricardo Piglia
Anagrama, 289 págs.

En un reciente diálogo con Martín Kohan para Revista Ñ, Piglia opina que El camino de Ida se trata de una novela “ligada a la revolución”. Bastaría agregar que hablar de revolución es además pensar en la posibilidad, en las condiciones de la acción en el mundo. Y quizás lo más sorprendente sea que, en este siglo, es la literatura la que da el primer paso. Entre sus líneas y renglones se encuentra el mensaje cifrado del cambio, de la toma de conciencia, de la militancia: “Un libro en sí mismo no significa nada. Hacía falta un lector capaz de establecer el nexo y reponer el contexto”.

Tenemos en primer lugar una novela donde la trama parece llevarse por delante al protagonista: Renzi está entregado a la fragilidad, inerme ante Ida Brown en un amor trunco y violentado. Ambos catedráticos en una pacífica universidad de un pacífico suburbio neoyorquino, ambos en una tardía mediana edad, ambos amantes sin definición en busca de alivio a la aplastante sensación de (in)seguridad estadounidense. La intimidad del deseo, de la mentira, del aburrimiento: Piglia arriesga algunas interesantes definiciones sobre el microclima académico amparándose en su experiencia como docente en Princeton. A caballo de un estilo por momentos irreconocible, en especial cuando la repentina muerte de Ida tracciona a Renzi a una desesperación calma y delirante, van superponiéndose las experiencias y los microrelatos que el autor de Adrogué suele tejer en sus novelas. Pero lo ineludible –lo admirable, la marca del talento- es que, en medio de esa maraña, van emergiendo dos figuras destacadas, mellizas: el policial literario y el terrorista ilustrado.

Hablamos de policial porque si alguien muere en una novela de Piglia, siempre hay una programática a descifrar. Este género no es más que una herramienta, porque tiene como principal interés la reconstrucción. El policial desea entender, esclarecer, no necesariamente resolver y castigar. Toda la acción de Renzi es la que describe en el párrafo inaugural: “Escribía guiones que no se filmaban, traducía múltiples novelas policiales que parecían ser siempre la misma, redactaba áridos libros de filosofía (¡o de psicoanálisis!) que firmaban otros”. En resumen, una abstracción académica vital, un testigo de sí mismo.

Allí tenemos la tradición de la tragedia rusa encarnándose en Nina, una pequeña literata jubilada que ayuda a Renzi a organizar sus pensamientos; una especie de Dupin moscovita que en el exilio americano sólo puede sentarse a especular. Luego Parker, un detective privado que expresa los tiempos de cambio en el oficio: es Sherlock Holmes pidiendo ayuda al Scotland Yard. Y finalmente el FBI, la maquinaria de la vigilancia en persecución del peor enemigo del Estado, un terrorista inteligente.

Thomas Munk, el intelectual coherente, el verdadero revolucionario: “Pero Munk era todavía más radical. En el páramo del mundo contemporáneo, sin ilusión y sin esperanzas, donde ya no hay ficciones sociales poderosas ni alternativas al statu quo, había optado –como Alonso Quijano- por creer en la ficción. Era una suerte de Quijote que primero lee furiosa e hipnóticamente las novelas y luego sale a vivirlas”. Ahí se asienta uno de los aciertos del autor: un personaje indescifrable para el aparato de la seguridad estadounidense. Si es terrorista, no puede ser político. Es más plausible y hasta lógica la demencia violenta, pero nunca con un mensaje detrás, un manifiesto de sangre. Y Munk es de esa clase de militantes, uno con la espada, la pluma y la palabra. En consonancia, a su alrededor marchará toda la parafernalia del  humilde movimiento radical estadounidense, mientras un escéptico Renzi los compara con su propia experiencia setentista argentina y no puede evitar la ironía y el desdén. Hippies, yonkis, ecologistas, troskos o anarquistas; todos caen la misma categoría de luchadores por causas muertas.

Situada en la nebulosa de los noventas que ya se retorcía ante la posibilidad de un 11-S, El camino de Ida tiene en el terrorismo ilustrado y la investigación literaria –dos caras de la intelectualidad en acción- los pivotes que la articulan. O al menos uno de sus múltiples caminos de interpretación.

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Esta entrada fue publicada en 17 septiembre, 2013 por en Reseña y etiquetada con .

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