REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

El juego del miedo

Jpeg
Por Guillermo Tangelson
 
El vuelo
El relato empieza con los azares típicos de un viaje: me asignan la fila 47 de un avión que sólo tiene 45, nos derivan a una fila de cuatro y somos cinco. Ergo, me jodo. Me consiguen un asiento al lado de una madre primeriza a la que le tengo que explicar que cuando su bebé se lleva la mano a la boca es porque tiene hambre o que si llora con el pelo transpirado es porque está cagado de calor y pide que le quiten la campera. Un tipo se desmaya sobre su mesita de comer y llaman a un médico y dos filas adelante una vieja se descompone, obligando a pedir por un segundo médico a bordo. En una palabra, el viaje empieza tranquilo. Los verdaderos problemas empiezan cuando llegamos a Turquía…
 
Como turco en la niebla
Nada terrible al comienzo, sólo que llegué a las cinco de la mañana y que el tipo del hotel en Estambul (un pibe de nombre Hanni) no me quiso habilitar el cuarto hasta la hora del check-in, pese a que la habitación ya estaba desocupada. Luego de pensarlo un  rato, me permití salir a dar una vuelta y conocer un café 24hs donde pedí mi primer café turco. Dos horas después, volví al lobby del hotel y me quedé charlando con Hanni, que resultó ser un refugiado político de Siria que estaba a favor de la inminente invasión de Estados Unidos a su país. Me habló de un campo de refugiados en la frontera en el que había medio millón de huérfanos viviendo en carpas. Hanni no habla turco, es licenciado en administración de empresas, es el recepcionista del turno noche.
 
Dos horas más tarde, habiéndome duchado y cambiado, ya estaba en el Congreso de educación que me traía a este lado del mundo a cumplir con mis primeras entrevistas. Tras una de esas entrevistas, me invitaron a una recepción en el centro cultural de la embajada de Francia. La recepción empezaba a las ocho, después de las reuniones. Era a una cuadra de la plaza Taksim. Fui caminando hasta allá y encontré una plaza llena de policías, un cordón de no menos de doscientos policías que formaban una media luna de una cuadra y media de largo. Conté dieciséis micros, un camión hidrante y noté que la cosa estaba más que articulada. Una parte del perímetro estaba compuesto por policías de civil con una pecherita de la policía (una cuadra y media, más o menos). Los del círculo de afuera tenían escudos y palos, presumiblemente para cercar desde la retaguardia. Atrás de estos, algunos portaban todo el kit de las tortugas ninja: casco, rodillera, chaleco anti balas, ametralladora… Y rodeándolos a todos ellos, un inmenso círculo de turistas sacando fotos, cómo si todo eso fuera una atracción turística más.
Jpeg
 
Como yo no estaba compitiendo por el Pullitzer y no tenía intención de hacerme moler a palos gratuitamente, di media vuelta y me fui hacia el hotel. Lo que más me impactó es que a menos de una cuadra, la gente estaba como si nada, padres con sus hijos, gente haciendo footing. Como si nada pasara en esa misma plaza. En eso veo a un grupo de policías, relajados y sonrientes, que tenían en las manos sus máscaras de gas y algunos, sus lanzagranadas de humo. A uno se le cae el casco con el que venía jugueteando y uno de sus colegas le dice algo que seguramente era un qué bolú, en turco. Se rieron, de lo más divertidos. Horas después, habría enfrentamientos, heridos con balas de goma, corridas…
 
El miedo
A la noche siguiente se canceló una reunión a las cinco de la tarde porque no era seguro llegar hasta ahí. Un poco en chiste y ciertamente exagerando la nota, una colega de Noruega dijo: en está ciudad la muerte parece asecharte en los rincones con un cuchillo afilado en las manos. Patrañas, me dije, en inexplicable tono ibérico, pero confirmé sus dichos cuando salí de una reunión determinado a acompañar tres cuadras a una colega con la que habíamos compartido una recepción cerca de nuestros hoteles. Su calle bajaba dos cuadras. Pero nos indicaron que no camináramos, «not safe» repetían, nerviosos.  «take taxi», pero está ahí, a unos metros, indicábamos, y repetían, not safe, con el terror en sus miradas.
 
Exageran, me dije, mientras volvía a mi hotel pasando en una de las avenidas principales de Estambul junto a chicos que inhalaban pasta base apoyados en un semáforo. Hasta que uno de ellos empezó a empujarme, a decirme algo en turco que no entendía. Y me seguía empujando y me gritaba. Hasta que se llevó la mano a la boca. Quería comer. Y yo lo quería cagar a palos. No te entiendo, le grité para que no me entendiera, para que supiera que no nos comunicábamos, que nos separaba un abismo, profundo y oscuro. Era el juego del miedo. Él estaba cagado de hambre, vulnerable y me increpaba para que yo le diera algo, aunque fuera para quitármelo de encima. Yo le gritaba para que no oliera mi miedo. Ese era el juego. Jugar a no tenerlo, jugar a provocarlo. Como una plaza llena de policías, o una ciudad indolente, como un mundo que juega a estar unido mientras que en las sombras acecha lo desconocido, lo diferente, mientras nuestra pobre y limitada razón tiembla, cobarde, al no poder entender las reglas de ese macabro juego.
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Esta entrada fue publicada en 30 septiembre, 2013 por en Nota y etiquetada con , , .

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