REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

FILBA

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Por M. Victoria Moreno

Una crónica de verdad debería empezar con una descripción climática: el sábado 28 de septiembre fue un día de mierda, nublado, ventoso, gris y el edificio de la Biblioteca Nacional, más allá de su magnificencia arquitectónica, poco ayuda, con sus opacas placas de concreto y sus amplias explanadas, a diluir lo apagado de la tarde.

La mesa convocante: ‘Crónica I. La verdad incómoda’, cita de la políticamente correcta película de Al Gore sobre el cambio climático. Mal augurio; lo políticamente correcto no funciona, aburre, hay que cuestionarlo, correrlo por izquierda, por derecha, por donde sea pero correrlo. Tres panelistas, un moderador. Exotismo en la mesa: un escritor en sus primeros treinta, encanecido [esas canas son prematuras… ¿Predisposición genética? ¿Stress? ¿La escritura estresa?], un colombiano con dificultades para caminar y el correspondiente bastón de apoyo, un periodista portador de barba jasídica [¿coincidirá con la creencia religiosa que profesa? ¿Profesará alguna creencia religiosa o será una cuestión estética?] y un moderador miope, no solo por la incapacidad de su córnea de reflejar correctamente la luz, sino por la dificultad de cumplir su rol en la jornada literaria, como se encargará de demostrar después.

Empieza Mavrakis, el encanecido, un discurso leído, bien pensado -aunque algo largo para una escasa audiencia de sábado a la tarde-, argumentado desde el conocimiento literario. Vituperio de la crónica, su anacronía, el anquilosamiento del alegato periodístico, la voluntad de conservación de un discurso innovador hace 50 años, hoy vetusto, rancio, atrofiado por sus conexiones con la FNPI [Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano], el poder legitimador en la endogamia periodística. Continúa el colombiano, Valenzuela, que habla desde el gusto por el oficio antes que desde el ser ontológico de la crónica. Narra las condiciones de riesgo en las cuales se escribe en Colombia, un país corroído por el narcotráfico, algunas anécdotas personales que resultan ilustrativas sobre ese peligro, que un cronista argentino en 2013 ni siquiera imagina en sus momentos más delirantes. Aquí entra el de la exuberante barba, Cicco, ex trabajador de la Revista Noticias, quien se ocupa de corroborar la idea de Valencia: en la Argentina poco pone en riesgo quien se dedica al periodismo, quizá alguna llamada telefónica deleitándolo con un articulado insulto sobre la procedencia maternal, pero no mucho más. Por último, quien modera, Javier Sinay, el miope. Para la Real Academia Española, institución que fija las reglas por las cuales se rige la lengua castellana, “moderar”, verbo transitivo, significa “templar, ajustar, arreglar algo, evitando el exceso”. Para Sinay no: su moderación implica una refutación, casi punto por punto, de lo expuesto por Mavrakis.

Estar o no de acuerdo con las impugnaciones de Sinay, así como aceptar las críticas de Mavrakis, corre por cuenta de cada uno. Descoloca el incumplimiento del rol en tanto embanderamiento con una causa que quizá corresponde pero no compete en ese papel. Alguien interviene desde la audiencia, con ánimos de redirigir la moderación pero, paradójicamente, desde un tono poco moderado. Tufillo con olor a interna. ¿La incomodidad que consignaba el título del panel no debía pasar por otro lado? A pesar de esa leve falta de templanza, quien interviene presenta un planteo atinente: ¿por qué el periodismo no se cuestiona a sí mismo? ¿Por qué el periodismo no es más autónomo? Ahora bien, y ya por fuera de la intervención: ¿cuándo el periodismo fue autónomo? Esa carta de Rodolfo Walsh del 24 de marzo de 1977 dejaba en evidencia autonomía, sí. Le significaron unas cuantas balas, también. Pero no va a haber más Walsh, así como tampoco habrá –futurología sensata mediante- nefastas coyunturas políticas como las de 1977. Hoy nadie necesita jugarse la piel por una idea, no solo porque no necesita sino porque, probablemente, no estaría dispuesto a hacerlo. “Prefiero morir de pie antes que vivir arrodillado”, decía el Che Guevara. Pero su legado quedó estampado en remeras y no mucho más. ¿El cronista como guerrillero y el periodismo como una guerra de foco?

Entonces, ¿cuán sustentable es la pregunta de quien interviene desde la audiencia? Tal vez el quid esté en lo mencionado por Mavrakis: hay que levantarse contra las restricciones sobre el decir. Si el cuestionamiento tiene que pasar por los vínculos entre periodismo-estética-poder no puede pretender una amplia aceptación, teniendo en cuenta la inexistencia de Walshes contemporáneos. Pero no se pide tanto tampoco, el heroísmo quedó en el siglo XX. Las oportunidades comunicacionales que abren las nuevas tecnologías permiten una ampliación de quienes reciben así como una multiplicación de quienes emiten. La desmitificación del periodismo como oficio: no hay que tener una fundación iberoamericana para legitimar el propio discurso si se pueden satisfacer necesidades no cubiertas por instituciones cuyo anquilosamiento es inherente a su definición misma.

Javier Cercas, refiriéndose a la Guerra Civil Española, escribe: “El nacionalismo es una ideología. El independentismo es solo una posibilidad. Como es una creencia, y sobre las creencias no se discute, sobre el nacionalismo no se puede discutir; sobre el independentismo sí”. Si sobre las creencias no se puede argumentar pero sí se hacerlo sobre las posibilidades, que el periodismo deje de ser una creencia y se transforme en una posibilidad.

El debate se cierra, continúa el panel que sigue. Aunque algo desdibujados, los fundamentos de la discusión quedan asentados. Resultó mejor que el augurio inicial. Al Gore se hubiera ido escandalizado. No es poco.

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Esta entrada fue publicada en 30 septiembre, 2013 por en Nota y etiquetada con , .

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