REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Stranezza spaziale

tapa Cancroregina
Por Sebastián Rodríguez Mora

Cancroregina
Tommaso Landolfi
Adriana Hidalgo Editora
93 páginas

This is major Tom to ground control, I’m stepping through the door /And I’m floating in a most peculiar way/And the stars look very different today /For here am I sitting in a tin can far from the world/Planet Earth is blue and there’s nothing I can do. En esta estrofa histórica de Space Oddity, David Bowie resumía para 1972 la melancólica conclusión del viaje interestelar: con los pies sobre la Tierra u orbitando miles de kilómetros por encima, la humanidad ha perdido el contacto original con ella. Sin dudas Tommaso Landolfi (Fronsinone 1908 – Roma 1979) intenta en esta nouvelle algo parecido, con la particularidad de que en 1950 la carrera espacial apenas era un sueño húmedo en la mente del ingeniero nazi-soft Werner Von Braun –aquel que pasó de diseñar el misil V-1 para bombardear Londres a edificar el camino estadounidense a la Luna.

¿Qué puede esperarse cuando se deja de esperar casi todo? Un milagro, tal vez, en la forma de “una máquina, o un vehículo o como quiera llamarla, capaz en teoría de surcar cualquier espacio interplanetario y, ¿por qué no? intersideral: de hecho y sin duda, capaz de cubrir la distancia que nos separa con nuestro satélite”. El anónimo protagonista es abordado por un desquiciado y elocuente personaje (un tal Filano) a mitad de la noche en su casa, convenciéndolo de iniciar el viaje redentor hacia la Luna, para ser los primeros y más audaces, eso que no pareciera inalcanzable en nuestro planeta. Algo sale mal dentro de Cancroregina, como en toda temática espacial; sin lo inesperado no suele haber argumento. Y sin embargo, a partir de los días y noches –indistinguibles para el cronista, que anota el derrumbe mental propio y de su compañero en un diario progresivamente más absurdo-, el vacío de la órbita terrestre lo obliga a tematizar la angustia humana: la vida, la muerte y sus grises intermedios. Que Landolfi lo haga en un estilo y una gramática entre el clasicismo y la experimentación burda que esperemos no tenga que ver con un intento fiel de traducción al castellano, es un tema aparte que extiende la lectura y por momentos la estanca. Son 93 páginas densas, donde la descripción de la aeronave parece referirse en realidad a un enorme dinosaurio: “Era una máquina de un humor extraño, (…) a juzgar por sus resoplidos y reacciones variadas; me pareció a mí, digo, que conocía poco o nada sus vísceras complicadas y multiformes.”

Quizás la mejor manera de imaginar a este personaje sea amalgamar al comandante Chris Hadfield, astronauta estrella de la NASA, con Lev Andropov, cosmonauta ruso de la película Armageddon. Pero también está toda la impronta del viaje interior hacia los márgenes de la razón. Cancroregina condena a sus personajes al aislamiento eterno, al infierno sartreano de los otros. Landolfi abusa del opresivo ambiente de la nave y su monotonía para reponer la prosa de la locura, por momentos lúcidamente y por otros con franca desprolijidad. Nótese que hasta el momento no aparece la fórmula “ciencia ficción”, y es que no habría por dónde colarla; al autor no le interesa lo tecnológico en relación a lo humano como sí el contexto vaciado del espacio exterior, escenario propicio. En el mismo sentido, el interminable texto de contratapa –más parecido a una reseña optimista y benefactora que se extiende incluso hasta las solapas- resalta entre otras cualidades una “acostumbrada ironía landolfiana” para elaborar el esperable Armagedón mental del protagonista, que de momento y en el caso de Cancroregina no es muy evidente. Quizás aparezca con el correr de las traducciones de su extensa obra literaria, pero por ahora habrá que contentarse con este major Tom esquizofrénico y su diario de a bordo.

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada en 23 octubre, 2013 por en Reseña y etiquetada con .

Archivos

Follow REVISTA DAMASCO on WordPress.com

A %d blogueros les gusta esto: