REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Frankfurt, manual de supervivencia

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Por Guillermo Tangelson

Para describir la experiencia de ir por primera vez a la Feria del libro de Frankfurt pueden elegir cualquiera de éstos títulos: el vientre de la bestia, «¡a la mamushka!, hay un mundo adentro del mundo», el laberinto infinito, lost in translation, la biblioteca de Babel, Escher se quedó corto… lo que se les ocurra, porque la feria de Frankfurt es todo, menos pequeña.

Si quieren saber cómo es la feria, piensen en el aeropuerto más grande al que hayan ido, con sus interminables pasillos, escaleras mecánicas, cintas transportadoras, ahora multiplíquenlo por diez, luego llenenlo de personas con sus valijitas de pequeñas rueditas, ahora le agregan millones de libros y ahí tienen una idea aproximada de cómo es la feria.

Un par de datos parte entender sus dimensiones: entre edificio y edificio (son 10 edificios y cada uno es más grande que la feria del libro de Buenos Aires) pasa una estación de tren, una autopista, hay dos plazas principales con cúpulas para hacer eventos recreativos; también hay kioscos, peluquerías, salas de primeros auxilios, oficinas financieras,  colectivos disponibles para ir de un edificio a otro…  Si uno se equivoca de salida, cómo me pasó el segundo día, se tarda 45 minutos a paso acelerado para bordear los edificios. Realmente tendrían que regalar una brújula al empezar el evento.

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Como imaginarán, al principio la feria es abrumadora. Pese a lo bien dividida y señalizada, pese a la amabilidad del personal, hay una realidad ineludible: una feria en la que tenés que recorrer más de dos kilómetros para encontraste con alguien, no puede sino apabullarte.

Ir a semejante evento sin entrevistas previas puede ser desconsolador, porque nadie pierde el tiempo en Frankfurt. En no más de 15 minutos se establece el interés (o no) del entrevistado y te lo hacen notar. Son cuatro días frenéticos en los que tenés que dejar el alma, hay que hacerse a la idea.

Una cosa es clara: todos quieren vender lo suyo. Y creer que van a recibir nuestros libros alegremente porque somos macanudos es un error. En esta feria, a diferencia de la de Buenos Aires, la de Sao Paulo o la de Guadalajara, la compra y venta de derechos es la parte fundamental del juego. Es algo que se sabe antes de llegar. Lo que no se sabe es cómo hacer para lograr venderlos, porque hay un a dimensión política en juego, una dominación a través del lenguaje que entra en juego. En suma, hay un juego de poder en cómo circula la cultura.

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Eso se da  a nivel macro y a nivel micro: a nivel macro, porque hay una  concentración urbana y financiera en el mundo que dirige hacia dónde va el flujo de libros que se traducen, publican y distribuyen (como dice el groso de Gustavo Sorá); a nivel micro, la feria permite hacer un diagnóstico, sacar una fotografía de esa situación de desequilibrio (y para el ojo atento, varias más). Les doy algunos ejemplos: en el edificio 8 se concentran casi todas las casas editoriales de Estados Unidos y de Reino Unido. Y es el único edificio en el cual hay personal de seguridad revisando a los ingresantes, sus bolsos, cómo así uno estuviese pasando de vuelta por migraciones (cuentan que eso fue después de las Torres Gemelas). Hay, obviamente mucha gente que visita el 8.
Un detalle pintoresco: Random House, ostenta una esquina vidriada que tiene fotos en backlight de sus escritores a modo de columnas, como un castillo o un imperio cuyas columnas son esos autores. La columna principal (la puerta del castillo) tiene el listado de los ganadores del Nobel que tiene Random House… Y si, hay un par que escriben bastante bien en esa lista, hay que admitirlo.

El edificio 3 tiene las obras más «mainstream», las más comerciales (o al menos las que tienen aspiración de serlo). Son enormes stands, con muchos ejemplares de unos pocos autores (que presumiblemente venden más que bien). La industria del libro, con todo lo que hay de periférico a la obra en sí, se muestra en todo su esplendor, a través de gigantografías con retratos de los autores, equipos de filmación para el momento de firma del libro, conferencias reproducidas en televisores para una audiencia pertinentemente elegida y convocada. El espectáculo es impresionante y lejos de parecer pomposo o exagerado, aparece como algo cuidado y profesional. La metamorfosis de autor en estrella es sutil y tiene algo de inquietante. Tal vez sea la cantidad de títulos por estante de una misma obra, como empapelando la mirada, o la profusión de elementos que se ponen en juego, lo cierto es que en el fondo de la conciencia se percibe el motivo último de toda la puesta en escena: la demostración de poder del sello, que puede tener a tal autor, armarle el gran circo, tener éxito y que parezca que no les implica ningún esfuerzo y que podrían tener a la Rowling, si quisieran. Todos juegan a eso en el edificio 3.

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Sigamos con el pequeño diagnóstico. Llegamos al edificio 5 donde coexisten Argentina, Croacia, Perú, España, Italia y Brasil, entre otros. Es, podríamos decir, un edificio menos desequilibrado en las relaciones de poder (y menos concurrido, también). Cada editorial busca, como todos, vender lo suyo, pero es al menos accesible a propuestas de colaboración. Y, es cierto, hay crisis, y se resiente. Algunos van con la expresa misión de no comprar nada, y acaso no tengan con qué comprar, pero aún así, se debate, se trata de armar algo más allá de la crisis y más allá del lucro, que prende en ciertas editoriales como espada de Damocles, se forman lazos de cooperación.

Hablemos de nuestro idioma. El castellano, muy lindo, es una de las lenguas más habladas y debería ser una carta fuerte. Y lo es, pero no con todos. Al menos no cuando uno trabaja, como en mi caso, con un catálogo compuesto principalmente por textos académicos. Ahí entra el juego el tema de las traducciones y la venta de sus derechos. Por suerte Argentina cuenta con una linda carta: el Programa Sur, de Cancillería, que financia traducciones a otros idiomas para difundir las producciones nacionales en el exterior. Sin ese empujoncito, muchos no podrían siquiera pensar en los derechos de un libro. Es un pozo que parece bastante seco y los pocos que extraen algo, lo hacen de a chorros.

Les voy a contar acerca del pintoresco edificio 6. (Mejor dicho el 6.0, porque el 6.1 tiene principalmente a Francia y a los países asiáticos). El 6.0 tiene por un lado a los comerciantes de libros antiguos y a los agentes literarios por el otro.  A la sección de los agentes literarios no se puede pasar a menos que tengas una entrevista solicitada previamente por uno de los agentes. Es frustrante no poder entrar y a mí me generaba mucha curiosidad. Por suerte, en un error de agenda, pedimos entrevista desde la universidad a uno de esos agentes. Y me dieron el famoso «cartón rojo», que es como la llave de la ciudad.
Entré.
Es un ámbito con boxes con mesitas y sillas enfrentadas. Calculé no menos de 500 agentes. Fui a la entrevista.
Una pérdida de tiempo.
Lo que yo ofrecía no les interesaba, lo que ellos querían yo no lo tenía. De modo que, con dignidad, fui yo quien interrumpió la entrevista antes del tiempo pautado. Al salir, miré a los agentes. Cada uno de ellos miraba a su cliente con absoluta atención, sonreían con amabilidad. Estaban en un 100%, o al menos eso parecía. Son buenos estos guachos, me dije.
Y salí del 6.0.

Un dato divertido: el fin de semana, la feria abre sus puerta al público en general y, cómo método de promoción (como el edificio 3.1 tiene cómics y literatura infantil) los organizadores decidieron no cobrarle a los que vinieran disfrazados. Y ahí se armó el bardo: de pronto me rodeaba Mario, el del jueguito y su princesa Peach; Pokemon; Sailor moon, y un interminable desfile de chicos caracterizados de personajes de Animé. Eso a lo que llaman cosplay y que en este caso era bastante impresionante por su gran calidad.

Creerían que esto se termina acá.
Pero no. Les tengo una noticia, por mucho que caminen, dialoguen, convenzan o seduzcan, nada se cierra en la feria. Eso lo descubrí casi por azar… por una conjunción cósmica altamente improbable: los dos autores invitados por Argentina eran, ni más ni menos que Elsa Osorio (la primera persona que me formó en un taller literario) y Pablo Ramos, uno de esos enormes amigos que uno cosecha en la vida y que es culpable de la saga de novelas infantiles que escribí.
Si ya tuvieron la paciencia de leer hasta acá, tal vez quieran que les cuente cómo es el Frankfurt secreto…
Aquellos queridos amigos me llevaron a recónditos lugares donde pasan los verdaderos negocios de la Feria de Frankfurt, donde se tejen las verdaderas relaciones. Yo, como se imaginarán, fui un mero testigo de todo eso, porque no tenía gran cosa que ofrecer, pero no dejó de ser una experiencia de lo más instructiva. Llegué a conocer a editores, agentes, traductores, autores encantadores como la arequipeña Teresa Ruíz Rosas. Primero fuimos al Frankfurt Hof, que es un suntuoso hotel donde hay una máxima implícita: “se trabaja en la FeriaEn un momento una mujer me dio la mano diciéndome “a ti no te conozco” y alguien me dijo “te acaba de dar la mano el Papa”. Claro que no era Francisco I disfrazado, sino una de las mayores agentes literarias del mundo editorial, pintoresco. Y la papisa fue conmigo de lo más amable.
Así que, luego de ver ese mundo de la mano de Pablo y Elsa, terminamos a los abrazos por las calles de Frankfurt, cantando tangos, haciendo ochos y riendo como ríen los locos, los borrachos y los amigos que se conocen el alma.

 

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Esta entrada fue publicada en 30 octubre, 2013 por en Nota y etiquetada con , , .

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