REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Alejandra Costamagna: “A Bolaño le interesaba la vitalidad de la escritura”

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Por Nicolás Mavrakis

“La experiencia de estar afuera crea una distorsión con el adentro. En términos de lenguaje, uno se da cuenta de que al escribir siempre está siendo un extranjero de sí mismo y busca las palabras adecuadas para dar cuenta de una realidad que no es asible. La escritura se trata de escarbar en búsqueda de esas palabras a la altura de lo que el pensamiento está comandando. La experiencia de estar afuera permite una visión más clara de esa pertenencia y de esa extranjería de uno en la lengua”, dice la escritora Alejandra Costamagna (Chile, 1970), de visita en Buenos Aires durante la última edición del Festival Internacional de Literatura. Ganadora del Premio Literario Anna Seghers 2008 en Alemania a la mejor autora latinoamericana y ganadora también de la beca del Internacional Writing Program de la Universidad de Iowa, en Estados Unidos, Costamagna, que acaba de publicar en nuestro país el volumen de cuentos Animales domésticos (RHM, 2013), conoce la experiencia de un lenguaje en interacción con otros lenguajes y otras naciones.

“Me parece que situarse en un afuera permite valorar el adentro de otra forma. Considerar que hay temas que probablemente no son propiamente argentinos, ni chilenos, ni colombianos sino que hay una sensación de comunidad mayor”, explica la autora, que tuvo el privilegio de haber sido, hacia el comienzo de su carrera, una de las lecturas recomendadas por Roberto Bolaño en su país.
 
–¿Ha cambiado la expectativa extranjera general hacia la literatura latinoamericana?
–La experiencia del boom fue muy marcadora y se esperaba de Latinoamérica que hubiera siempre mariposas amarillas dando vueltas y seres del realismo mágico. Creo que eso cambió radicalmente y que el corte importante se dio con Roberto Bolaño. Él vino a fijar un lugar donde lo latinoamericano se sitúa desde el horror al humor de una manera muy fluida y que permite dar cuenta de los múltiples fragmentos de este continente. Autores diversos conviven entre la prosa y la poesía, con una heterogeneidad que se manifiesta en búsquedas distintas. Generacionalmente también hay una revisión de los antiguos temas que antes eran tratados como los grandes temas de la novela latinoamericana, y que hoy se transformó en la épica de lo cotidiano, el escenario de lo íntimo y doméstico que también se considera literatura.

–¿Cómo surgió tu vínculo intelectual con Bolaño?
–Él volvió a Chile en 1998, antes de su fama, mientras se quejaba de que no era reconocido por sus pares. Lo entrevisté y me llamó la atención que estuviera completamente al tanto de todo lo que se editaba y se hacía en Chile. Por lo tanto, había leído las novelas que yo había publicado entonces, En voz baja (1996) y Ciudadano en retiro (1998). Así comenzó un vínculo epistolar, mientras él entraba en esa sensación de muerte inminente. Esa urgencia está en la escritura y en la promoción de otros autores y en la declaración de guerra a otros.

–¿Encontrás puntos en común entre su obra y la tuya?
–Él estaba interesado en los que en ese tiempo éramos la nueva camada, escribiendo desde otro lugar, un lugar que respondía a no pensar ya las grandes épicas sino una épica del día a día. Me gusta la frase de Anton Chéjov que dice: “La gente está almorzando, almorzando nada más, y entretanto cuaja su felicidad o se desmorona su vida.” Creo que hay algo de eso muy presente en las novelas de Bolaño, cómo el horror está de fondo mientras la gente sigue haciendo su vida normal. A Bolaño le interesaba la vitalidad de la escritura y hacer hincapié en esos conflictos. Me da la sensación de que, por lo que él llegó a leer de mi obra, se encontró con alusiones a eso.

–¿Hay vínculos entre el tono en que Animales domésticos trabaja lo privado y el registro de la intimidad en las redes sociales?
–El tema de las redes sociales nos ha permitido estar muy comunicados y al mismo tiempo muy incomunicados. Cuando trabajo el tema de los animales domésticos me ocupo de los animales que vienen a suplir el espacio de aquellos vínculos, afectos o lazos familiares incompletos. Entonces puede que haya un paralelo en las formas que creemos de comunicación fluida o relaciones afectivas, que en realidad están resquebrajadas y que no funcionan al ciento por ciento. Y eso tiene que ver con la forma en que uno funciona con las nuevas redes, que de pronto fingen ser mucho de lo que, en realidad, no son. A través de las historias en apariencia privadas e íntimas, no hay confesiones tampoco, sino también ficción, por lo tanto no es lo mismo que aquello que se encuentra en las redes. Hay una protoliteratura en las redes, pero no me interesó trabajarlo con esa función inmediata y efímera de Internet.

–¿Cómo funciona esa relación entre animales y soledad?
–”Hay mucha caña que cortar”, dicho en buen chileno, sobre ese tema. Por un lado, está la relación sustitutiva del animal como un ser que nos libera de ciertas características que los humanos tienen y que nos permiten una entrega distinta. Hay también un plano de fragilidad en los animales que nos permite contemplar las relaciones sin el entramado del deber ser social, ya que uno no tiene por qué dar explicaciones al acariciar un gato. No se espera de él una conducta recíproca, y los afectos cambian, con un sinceramiento que no espera de manera contractual nada a cambio, como sí ocurre en las relaciones humanas.

–¿Qué lecturas argentinas te interesan?
–Como lectora me llaman la atención autores como Federico Falco, con un tratamiento del absurdo en el que se encuentra el pequeño filo que se sale de lo común: el filo de luz que distorsiona lo cotidiano. También me gusta Mariana Enríquez, que en grandes líneas también trata sobre volver a las historias mínimas, en su caso, desde el terror y la intriga, sin caer en los cuentos de suspenso tradicionales. Luciano Lamberti me sorprende con lo fantástico desde otro lugar. También la generación de quienes nacimos en los años setenta, en novelas como las de Patricio Pron, que tiene mucho que ver con parte de mi obra. Hay algunas semejanzas en experiencias de vida generacionales que se cruzan con estéticas distintas. Gabriela Bejerman, Inés Acevedo, también tienen una soltura y frescura en el lenguaje que está cerca de una ironía que echo un poco de menos en Chile y que celebro en Argentina.

–¿Cómo trabajás la alternancia constante en tu obra entre novela y cuento?
–Pasa algo curioso: con mi primera novela, En voz baja, se hizo una reedición a propósito del aniversario del golpe de Estado en Chile. Al tomar la novela y empezar a leerla noté un aire distinto y un tono que me produjo volver a pulirla hasta que se redujo a un cuento. En el cuento uno trabaja a partir del concepto de intensidad, en el que cada situación y personaje de alguna manera se cierra en sí mismo y tiende a ser como una caja de relojería mucho más perfecta que en la novela, donde la digresión es mucho más validada. Últimamente me interesa mucho la idea de que “menos es más”. Todos los temas merecen una cantidad de páginas indeterminadas, de lo que se trata es de cómo uno entra en esos temas y qué quiere comunicar. Valoro tanto las palabras como el silencio, por lo tanto la literatura que explicita y da un camino de lectura claro no me interesa. Prefiero las zonas de silencio o los flashes cortos donde el lector sea el que está obligado a leer e interpretar.
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Esta entrada fue publicada en 2 diciembre, 2013 por en Entrevista y etiquetada con , , , .

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