REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Ganarle la grupa al fuego

Cartel Erase mediana oficial 1

por Flora Vronsky

‘-Entonces llegan el zorro y el quirquincho y empieza la música. Porque los animales son muy importantes en una Salamanca, ¿sabés? Son como los auxiliares de los brujos y brujas, los Calcus, que se reúnen en el Huancar para conjurar sus poderes. Y eso no puede hacerse sin música.
-¿Qué es el Huancar?
-Es un cerro que está en Abra Pampa, en Jujuy. Ahí es donde los Calcus se juntan de noche y entran a la cueva, la Salamanca, para invocar a Mandinga en el desierto.
-¿Y Mandinga los deja entrar así nomás?
-Sí, siempre y cuando toquen la música adecuada. Y haya fuego-‘.
Laureano me cuenta esta historia una y otra vez en mi memoria. Cada vez que suena ‘La Salamanca’, esa zamba grácil y perversa, recuerdo la genealogía que iba desde Dávalos hasta el entremés homónimo de Cervantes. La tierra, sus elementos; la extensión de este sur y la península ibérica; mi infancia y la música. Un fuego dejado en herencia, eso era mi abuelo Laureano.

Siempre me pareció nuclear la idea de herencia. La prefiero por sobre influencia, contaminación, incluso tradición. Todo lo que producimos -nosotros en nosotros, en primer lugar- es una amalgama de moléculas revestidas de lo que nos viene sosteniendo en el tiempo, en la historia del mapa personal y colectivo. Hasta la ruptura más radical nunca deja de ser una molécula temporal; una que no se había mostrado todavía, que combustiona más que otras. Que hace fuego. Sin embargo, reconocer la herencia tiene mucho de valentía. Porque es como hacerse un poquito vulnerable, como admitir que el talento que tengamos no es ni será omnipotente; que hay algo de deuda, siempre. Cuando ese talento involucra la pulsión de hacerlo lenguaje, la nota que lo va a diferenciar -la molécula que lo haga estallar- vendrá dada precisamente no por el pago, sino por la intención del pago de esa deuda. ¿Tiene que ver con el honor? Sí, con honrar un valor sin tener miedo de que ‘el espíritu del tiempo’ te juzgue por anacrónico.

Hay herencias que tengo muy presentes; de esas que rara vez dejan de aparecer aunque sean muy pocas las cosas que me las recuerden. Cuando eso ocurre en general lo hace dentro de un contexto más bien ecléctico, un poco inconexo. Una suma de elementos extraños que de repente se hacen hilos de una madeja y pum, ahí están las herencias reversionadas en el aquí y el ahora. Twitter, la Alianza Francesa, una noche en Buenos Aires, un personaje cinematográfico de los estudios Aries de antaño, por ejemplo. Un cóndor, una botella de vino; un disco y una banda: Sombrero. En la bajada de las luces, justo cuando se presagia ese espacio de libertad cabrón ante la represión que deja de funcionar, nace la música. Pues así me nació Sombrero esa noche. En medio del desierto urbano, en medio de un paradigma cultural ridículo ante la experiencia de la carne, de la emoción. Un pasaje clandestino a la extensión de un norte propio y adoptado que sólo podría pagar desangrando mis recuerdos. Empieza el viaje.

Suena ‘El calor de Purmamarca’, suena ‘Hacia el norte’ y algo se prende fuego en las Rocallosas. Como si un Mandinga forajido hubiese atravesado el continente en un tren mitológico dibujado por Carlos Trillo y guionado por Tarantino. Un tiempo de chacarera, una fritura de pasta, slides. Se suceden los temas y el golpe del bombo pega acá dentro, como flecha envenenada. No existe el in crescendo, es un fluir de flashbacks visuales que te obligan a reacomodarte en el tiempo de la historia porque el tiempo del relato estalla por los aires como dinamitado. La angustia de ‘Matrero’ es Cruz que se esconde de un Segundo Sombra que se exilió para siempre en París; es John Ford escribiendo planos secuencia en tierras rojizas de siete colores. En un cruce violento con ‘Muchacha’, con esa serpiente especial que parece bajar desde Oaxaca hasta Jujuy en un solo movimiento, se enfrentan cara a cara Sergio Leone y Pancho Villa midiéndose la velocidad de los cartuchos sin que el triunfo tenga ninguna relevancia. Y sobreviene ‘El sabio’, ese que se pregunta por las estrellas, por los umbrales que separan dimensiones paralelas con la niñez que crece en la noche inevitable del tiempo; un tiempo que quizás sólo un calendario incaico pueda explicar. Te enfilás entonces en una procesión hacia el volcán Llullaillaco, donde una comunidad -que acaba de nacer y de la que sos parte- acompasa el progreso de su andar acústico custodiada por la armónica y el charango. Hay un loop de spaghetti western que se te metió adentro pero algo te dice que el folcklore, el Altiplano y unos forajidos argentinos te explican más matices para poder entender ese cuatrerismo inescapable, ese poblado adusto defendido desde lejos por un doble de Ennio Morricone que toma un cimarrón y ensilla lomos en Tilcara o en Salta para pagarse el vino. De repente, se te viene a la cabeza la imagen de un duelo de caballeros entre Sombrero y El Violinista del Amor y los Pibes que Miraban en alguna pensión fantasmal de Buenos Aires, y entendés que ya te embaucaron.

La cosa se acaba y te das cuenta de que una atmósfera de traición, libada con alcohol y noche, gravita sobre los instrumentos y las voces de estos hombres. Un sabor a amores desamorados y mujeres hechiceras que no terminan de abrirles la puerta del Huancar y que, por eso, les exigen seguir cortejando el desierto en un ritual que honra las deudas. Lo que acaba de pasar ante tus ojos, lo que impactó en tu emoción es un aquelarre autóctono en el que han combustionado moléculas de otros valles y colores, de otros lenguajes, para dar con una criatura un poco centáurica mitad hombre mitad caballo, fraguado en un metal ancestral y nuevo. Hubo música adecuada, hubo chispas; hubo conjuro y pertinencia.

En cuanto llego a casa pongo la zamba de Dávalos. El fantasma de Laureano me mira de reojo, me roza la mano con sabor a mar y norte y se hace cómplice de la electricidad que todavía me corre por adentro. Le palmeo su espalda vieja y desaparecida y le digo: ojalá que siga habiendo caminos para que puedan perderse; ojalá los hechicen y los salven; ojalá sigan tocando ante el Huancar para entrar a La Salamanca. Porque están protegidos por la herencia y el fuego.

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Esta entrada fue publicada en 10 junio, 2014 por en General y etiquetada con , , , , , .

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