REVISTA DAMASCO

La piel y el carozo

Nueva Orleans o el fin de la lluvia

MUSICOS NEW ORLEANS

Por Guillermo Tangelson

Lo primero que veo, al salir del aeropuerto, son muros. Bajos, típicos de autopista. Me intriga saber qué casas y qué calles habrá detrás de ellos.
Por eso miro con avidez cuando el largo muro a mi derecha se termina. Veo un cementerio. Antiguo, con pequeños mausoleos grises. Giro a la izquierda y veo más tumbas. El cementerio, deduzco, está cortado por la autopista. Me acuerdo de la nenita de Poltergeist y me agarra un terror fantasmal, pienso en el cuento de Mairal y me estremezco.
Todo viaje es tristeza, me digo, y la lluvia me responde que sí y que no se acaba, ni el viaje, ni la tristeza. Tampoco se acaba la lluvia que se intensifica como un mal augurio.
Mientras nos acercamos al barrio francés, me decido a cambiar mi lacrimosa actitud. Veo las terrazas, preciosas, con delicadas molduras de hierro trabajado con una terminación exquisita. Levanto la vista y un esqueleto con una galera negra y traje oscuro está sentado, como tomando sol. Junto a él, un esqueleto femenino, con una sombrilla y un cigarro parecen saludar. La tierra voodoo, claro. Ahora pienso en John Kennedy Toole, que se mató en un auto en alguna de estas calles, esperando que un editor crea en él. Y acá estoy yo, yendo a ver a los responsables de las editoriales universitarias de todo Estados Unidos. A modo de homenaje me prometo mencionar a Kennedy Toole durante mi charla sobre el sistema del libro universitario argentino.
Más de seiscientas personas hablan de libros. Pero uno me impacta en particular, John Biguenet, que fue testigo de la catástrofe del huracán Katrina, nos contó sobre la inoperancia de los militares que colocaron las murallas que deberían haber contenido el agua y que dejaron que el agua se filtrara; nos habló también de las miles de personas que murieron en los techos o los áticos, esperando una ayuda que nunca llegó. En algunas puertas, aún sigue marcado el número de muertos de cada familia, relata Biguenet, y me parece una triste ironía para una ciudad que siempre vivió del turismo de casas embrujadas y hechizos y que ahora tiene sus verdaderos fantasmas, los muertos que no tendrían que ser. Su voz, pausada, nos cuenta sobre una ciudad en ruinas y sobre una sociedad devastada por no tener registro de nada semejante. Las vidas y el modo de vida se les derrumba. «u loot u die» muestra la foto de un mensaje anotado en la puerta de una casa. La traducción literal sería: «saqueá y morís», pero la más honesta sería «si me saqueas, te mato».

loot and die

En los días posteriores al Katrina ellos están sin luz, agua, no tienen casa. Viven su primer exilio. Muchas familias se quiebran como consecuencia de todo eso, muchos de sus amigos se divorcian. Lo explica desde lo mundano: si se te incendia tu casa, por ejemplo, vas a lo del vecino a dormir, o vas al café de la esquina a tomar el desayuno de siempre. Pero acá no tenés a donde ir, estás desamparado, las comunicaciones caídas, hasta lo más fácil, pienso, se hace imposible. John nos cuenta sobre su enorme dificultad para dormir y para leer en esos años, pero también nos cuenta que sí pudo escribir, que se vio en la obligación de contar lo que ocurría, él y otros artistas. Cuenta que buscó entre los autores norteamericanos una referencia que le sirviera como parámetro, o modelo, alguien que le hablara del fin de una ciudad entera. No encontró nada, a nadie se le había ocurrido desgracia semejante. Y entonces buscó en Tolstoi y en Dostoievski. Me pareció injusto que no mencionara Matadero 5, de Kurt Vonnegut. Hubo silencio. Biguenet dejó el atrio y en su lugar, Peter Berkery, el cordial director ejecutivo de la asociación, solo pudo invocar un respetuoso silencio y sugerir que fuéramos a un receso.
Por la noche, alguien nos recomienda un lugar para escuchar jazz, pero no nos dice nada acerca de la calle Bourbon. Una calle colmada de cabarets, prostitutas, proxenetas con carteles invitantes, algo que a los turistas parece resultarles de lo más divertido y que una vez más me parece inundado de tristeza. Lo que pasa es que en esencia en Nueva Orleans todos parecen reír. El loco sin techo, el lustra botas sin comida, el policía montado a caballo y el caballo en el que monta, los mozos sin mesas, la gente al volante, todos los oradores de la conferencia y sobre todo los músicos, que no paran de reír o de tocar. Tal vez ese carácter alegre, mezcla de francés con creole y africano, o las muchas penurias del pasado, los hicieron resistentes a un huracán. O tal vez haber resistido un huracán los haya vuelto más felices.

new orleans lluvia

Es alegría de calle la de Nueva Orleans: trompetas, tubas y trombones en una esquina donde arengan a decenas de turistas que bailan enajenados. Nueva Orleans se ríe de todo, incluso de la muerte, por eso se reinventa, como si volviera a la vida tras haberlo perdido todo, pero vuelve con un rastro de tristeza en los ojos, como si la magia negra hubiese perdido su fuerza y solo quedara su simulacro, como si a fin de cuentas la lluvia jamás cesara.
En busca de una respuesta conclusiva, miro hacia arriba y sólo encuentro un enigmático cielo nublado.

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Esta entrada fue publicada el 3 julio, 2014 por en Nota.

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